Blog de Carlos J. García

¿Qué es la felicidad?

Seguramente habrá tantas respuestas distintas a tal pregunta como personas, aunque, tal vez, sea posible, hacer algunas consideraciones generales.

En principio, podemos decir que se trata de un estado propio de un ser humano, caracterizado por sentimientos de bienestar, tranquilidad, armonía, belleza, esperanza, alegría, complacencia, etc., que acompaña a su existencia.

Visto desde un punto de vista estructural, tal tipo de estado parece causado por uno o más juicios efectuados por quienes se encuentran en él, caracterizados, en general, por la coincidencia entre ser y deber ser. Es decir, la persona juzga, desde su propio sistema de referencia interno, que lo que es, es tal como debe ser; que lo que existe es lo que debe existir; que lo que hay, es lo que debe haber…

Por otro lado, resulta obvio que el tamaño del objeto que cualquier persona juzgue de tal modo, por un lado, no puede superar el límite de su propio campo de conciencia, mientras por otro, estará limitado a seres, cosas, existencias, etc., a los que ella atribuya importancia.

Además, sus juicios favorables, referidos a lo que es, lo que existe, lo que hay, etc., emitidos desde sus propios criterios acerca de lo que debe ser, existir, haber, etc., pueden estar referidos a sí mismo, a su propia existencia, a personas amadas o sus respectivas existencias, a situaciones en las que está o va a estar, etc. Es decir, pueden abarcar, ya sea selectivamente, ya sea ampliamente, ámbitos de la propia esfera personal o de aquellos con quienes tenga relación o de tipo más general, incluyendo estados del mundo, de la sociedad, etc.

Según Russell, en una cita expuesta en una respuesta de este mismo blog, para que haya felicidad, ha de darse una integración, o una cierta condición de unidad dentro de uno mismo, y, también, entre uno mismo y la sociedad en la que vive. En tal sentido, podemos suponer que la persona es feliz, cuando está conforme con ella misma, cuando está conforme con el mundo en el que vive y, cuando lo está con su propia existencia, incluyendo sus relaciones interpersonales.

No obstante, un asunto crucial, referido a la amplitud del ámbito juzgado del que se derive algún grado de felicidad o de infelicidad, consiste en dirimir si es posible la felicidad cuando se da alguna de las dos siguientes condiciones: 1) Cuando la persona está conforme con ella misma, pero está disconforme con el entorno o el mundo que le rodea., 2) Cuando la persona no está conforme con ella misma, pero sí lo está con el entorno.

Tales cuestiones, traducidas al esquema referido al principio, se pueden especificar en términos de que, 1) La persona juzga que ella es como debe ser, o está como debe estar, pero juzga que el mundo no es como debe ser, o no está como debe estar, y 2) La persona juzga que ella no es como debe ser o no está como debe estar, pero que el mundo sí lo es y sí lo está.

Resulta obvio que, en el último caso de los dos expuestos, no cabe felicidad alguna. La persona está contra ella misma o contra su propia condición y existencia, mientras cree que en el mundo todo va bien.

Ahora bien, ¿es posible ser feliz, cuando uno está conforme consigo mismo, pero disconforme con el entorno o el mundo en el que vive?

Tal pregunta puede estar repleta de múltiples matices, sobre todo, en función de los criterios que tenga cada cual para juzgar lo exterior y del grado en el que le importe aquello que no vaya bien en el mundo, o con aquella parte del mundo con la que se relacione.

En una de las consideraciones expuestas en una de las respuestas al artículo ¿Qué es una problema personal?, de este mismo blog, se hace referencia a que la propia virtud es causa directa de la propia felicidad, con independencia del mundo exterior, y se cita a Sócrates y a Lucio Anneo Séneca, para argumentarlo.

Si reflexionamos acerca de la propia virtud, que, según creo, consiste en la verificación de los principios reales, una persona es totalmente virtuosa, si su «yo» verifica los requisitos de ser autónoma, posee una identidad personal verdadera y no contiene violaciones de los principios reales de razón, en especial el de no-contradicción. Además, lo es, si, en sus relaciones con el mundo exterior, verifica los principios del bien, la verdad y la belleza.

Si bastara la verificación de los requisitos referidos al propio «yo» para ser feliz, parece que no sería necesaria condición alguna del mundo exterior, para que alguien que los verificara fuera feliz.

La cuestión se complica cuando se trata de la verificación de los trascendentales. En todos los casos, se trata de criterios que afectan a la relación «yo» — «otro» y, por lo tanto, presentan una estrecha relación con la existencia del individuo.

Al respecto, pueden darse muchas condiciones en las que sea muy difícil, y, a veces, imposible, su verificación. Las propias relaciones interpersonales pueden verse imposibilitadas por causas del entorno. Las personas con las que uno pueda relacionarse no se rigen por los mismos principios, e, incluso, pueden regirse por los opuestos. Hay situaciones de extrema hipocresía, en las que no hay con quien hablar. El conocimiento de los otros puede verse seriamente dificultado por esa misma hipocresía. Hacer el bien, puede estar sometido a condiciones punitivas según diversas condiciones políticas, legales o sociales. La verdadera expresión de uno mismo ante los demás, que es en lo que consiste el principio de la belleza cuando es verificado por uno mismo, puede estar severamente castigada…

Hay múltiples condiciones posibles, impuestas por el mundo que nos rodea, que son susceptibles de imposibilitar las propias relaciones con el exterior cuando tratamos de que éstas se rijan por tales principios.

Es obvio que, para no tener que ponerse contra uno mismo, ni corromper el propio modo de ser, la persona se verá obligada a mermar su propia existencia, lo cual no la hará muy feliz.

Por lo tanto, habrá que distinguir entre, por un lado,  la propia realización personal o la conservación del propio carácter real, que es de extrema importancia, y depende de uno mismo, y, por otro, la deseable condición de la felicidad, en la cual puede tener mucho que ver el estado del mundo.

En relación con Sócrates —al que también se hace referencia en una respuesta dada al artículo citado— parece necesario aclarar que, una vez condenado a muerte y estando en prisión, fue a visitarle su discípulo Critón para informarle de que, él mismo, junto a un grupo de amigos, le tenía preparada su huida. Sócrates se negó a huir, pero también se negó a cambiar. En el primer caso, argumentó que él no iba a violar las leyes de Atenas. En el segundo caso, argumentó que él no iba a cambiar sus principios por el mero hecho de encontrarse en aquella situación.

De sus dos decisiones, la única que requiere alguna explicación es la de su deseo de cumplir las leyes de Atenas. Dado que había sido condenado injustamente, por una exigua mayoría de un jurado popular, cabría pensar que se rebelaría contra el cumplimiento de la pena. No obstante, da la impresión de que él amaba a Atenas y consideraba que aquella ciudad necesitaba un sistema legal que la ordenara, por lo que un incumplimiento suyo, iría en contra de la propia ciudad, y, tal vez, por eso, optó por el cumplimiento de la sentencia.

Entre las escuelas que emergieron tras la muerte de Sócrates, se encuentra el estoicismo, a la cual, cientos de años después perteneció Séneca, preceptor de Nerón.

Es razonable creer que dicha escuela emergió ante la decadencia y el derrumbamiento sufrido por la propia articulación de la sociedad ateniense. Dicho brevemente, las personas se quedaron sin la sociedad en la que estaban integradas, o, en otros términos, se quedaron solas. De ahí que el estoicismo sea una filosofía hecha a medida para diseñar un modo de ser y de existir cuando el mundo falla estrepitosamente. Se centra en la propia esencia del ser, y trata de asumir y facilitar la merma de la existencia. Parece tratarse más, de una terapia para condiciones extremas, que de una filosofía que considere todo el campo de posibilidades que puedan darse en la vida humana. En todo caso, Séneca, no parece ser su mejor representante. Tal vez sea más representativo, Epicteto, no solo por el contenido de su obra, sino, también, por su condición de esclavo.

Un último asunto, suscitado en torno a este tema, se refiere a si alguien malo puede ser feliz, o no. Si nos atenemos a la definición dada unas líneas más arriba, acerca de que la felicidad se da bajo la coincidencia de que lo que es se iguala a lo que debe ser, por raro que pueda parecer, es posible que un individuo regido por determinantes anti-reales sea feliz o tenga momentos de felicidad. De hecho, será feliz ante situaciones en las que un ser real sea infeliz, y, viceversa.

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