Blog de Carlos J. García

La escasez de la belleza

Como ha ocurrido en el resto de las facetas de la realidad, el enfoque subjetivista que la va mermando, también va consiguiendo hacer sus devastadores efectos en el campo de la estética.

El ser humano sin realidad, dentro y fuera de él, no es nada. De ahí que el humanismo, o es real, o no es humanismo.

Cuando se habla de subjetividad, ocultando la necesidad de que, al menos en cierto grado, el sujeto contenga realidad, en última instancia se está haciendo referencia a algo absurdo.

La subjetividad sin realidad, es absurda, por lo que, tratar de hacerla existir sin más, en cualquier faceta supuestamente artística que se considere, no deja de ser un experimento extraño.

No obstante, de las tres facetas esenciales de la realidad que aportan la posibilidad de que algo exista, a saber, el bien, la verdad y la belleza, seguramente la que más se ha impregnado de subjetivismo es la belleza.

La belleza, desde hace bastante tiempo, se ha encontrado muy ceñida al placer estético que muchas personas sentimos ante la contemplación de ciertos objetos. Es decir, a la reacción de placer ante lo bello.

Ahora bien, ¿qué es eso, que consideramos bello, ante lo que se producen tales reacciones de placer?

Aparentemente, sería suficiente que las relaciones existenciales verificaran los requisitos del bien y de la verdad, para que las pudiéramos considerar reales.

En tal caso, las personas y el resto de especies animales, dispondríamos de determinadas propiedades características que podríamos conocer y estaríamos regidos por un principio de no destrucción, que nos valdrían para existir.

Ahora bien, el conocimiento de algo solo es posible si se deja conocer, es decir, si expone al exterior la suficiente información verdadera acerca de su propia esencia, de forma que el observador pueda representarlo tal como es.

La verdad hace posible el conocimiento. Sin embargo, si el objeto a conocer no manifiesta sus propiedades, dicho conocimiento se torna imposible.

Por lo tanto, para que la coexistencia sea posible, quienes interaccionen han de verificar el requisito del bien que, en dicho ámbito, consiste, precisamente, en no destruir o imposibilitar la existencia de los demás; han de conocer a los otros, y, han de darse a conocer.

La belleza es el principio que puede regir dicha relación «ser → existencia», y, que de hecho lo hace, en aquellas personas que emiten suficiente información fidedigna acerca de ellas mismas: se manifiestan tal y como son.

Vista como faceta general de la realidad, podemos definirla en términos de que algo es bello cuando su existencia coincide con su esencia. Esta definición es similar a algunas otras que he podido encontrar, producidas por otros autores, como, por ejemplo, cuando se define en términos de «esplendor de la verdad».

Ahora bien, en dicha definición se da por supuesto que aquello que existe, manifestándose tal y como es, verifica las otras dos propiedades entitativas de la verdad y del bien, es decir que posee un conjunto de propiedades reales y, además, se rige por el bien.

En tal sentido, solo es bello aquello que, verificando el resto de propiedades reales, se manifiesta tal y como es.

De ahí que algo puede no ser bello, a pesar de manifestarse tal como es, debido a que viola una o más de las propiedades reales.

¿Qué significa esto? En primer lugar, que lo bello, en última instancia, es que la realidad exista. En segundo término, que el sentimiento de placer estético procede de experimentar la sensación de la existencia de algo real. En tercer lugar, que hay varias posibilidades que pueden dar lugar a diferentes formas de fealdad.

En este último apartado, podemos destacar algunas formas de fealdad que podemos experimentar con bastante frecuencia:

  • La maldad, el poder, el anti-realismo, la violencia, el engaño, la manipulación, etc., cuando se expresan tal como son, dañando a personas reales o a la realidad de algo.
  • Esos mismos factores cuando operan mediante falsas apariencias, hipocresía, doblez, etc.
  • La bondad, la inocencia, el bien, etc., cuando no pueden existir ni expresarse libremente en un determinado contexto.
  • Las formas de supuesta belleza que se limitan a meras apariencias pero carecen de una relación auténtica entre lo que es y lo que existe.
  • Las privaciones de realidad de los seres humanos, producto de condiciones hostiles a lo largo del desarrollo.
  • Aquellos estados de la naturaleza que manifiestan daños producidos por actividades humanas, etc.

Por otra parte, actualmente parece que atravesamos una época a la que le vendría muy bien disponer de una buena definición de la belleza.

Nuestro entorno parece haberse llenado de elementos que pueden dar a entender que mucha gente desea la belleza, pero que, ni sabe bien lo que es, ni conoce adecuadamente el camino para alcanzarla.

La cirugía puramente estética; el abuso de la cosmética; la pintura que encubre las superficies comidas por la herrumbre; los papeles pintados; un enorme catálogo de recubrimientos decorativos de todo tipo; los desodorantes que no abandonan; los perfumes que invierten los olores desagradables…

Puede que, la gran actividad industrial y comercial, en estos y en muchos otros campos con fines similares, sea un dato más de la necesidad incrementada que tenemos de belleza, aunque no sea el mejor camino para satisfacerla.

No obstante, lo más preocupante es el inmenso repertorio de formas inauténticas de actuar; el uso de lenguajes forzados que encubren las malas intenciones y, sobre todo, las dificultades que tiene la mayor parte de la gente buena para poder existir por sí misma en plenitud.

3 Comments
    • Carlos J. García on 25/10/2018

      Gracias Alfredo.

      Al parecer el texto del artículo es un extracto de un libro del mismo autor, Francisco Mora, titulado Mitos y verdades del cerebro cuya fecha prevista de publicación era el 23 de octubre.

      No sé qué tratará de demostrar en dicho libro de todo cuanto afirma en el artículo, pero en éste detecto serios errores epistemológicos en su enfoque.

      1) Ya sabemos que (en teoría) la ciencia experimental prescinde de la noción de realidad pues se supone que es inaccesible a nuestra capacidad de conocimiento. Hacer tal cosa es congruente con la eliminación de la metafísica promocionada por la ideología positivista, cuyo objeto es precisamente el estudio del ser y la realidad.
      2) No obstante, la realidad es la piedra angular sobre la que descansan los principios de razón, los trascendentales del bien, la verdad y la belleza, y todas y cada una de las creencias que constituyen el núcleo esencial de cualquier actividad humana.
      3) Toda la arquitectura cerebral del ser humano es congruente con la existencia de la realidad fuera de ella y con la realidad del propio cerebro. El cerebro es tan real como cualquier otra cosa exterior a él con la que entre en relación, incluyendo la totalidad del organismo, y todas las cosas exteriores de las que tenemos constancia.
      4) Si se niega la noción de realidad, se niegan implícitamente las nociones de verdad, bien, belleza, principio de no-contradicción, de razón suficiente, de la propia lógica real, y no solo de realidades inmateriales como la conciencia o la mente, la cultura, los sentimientos, etc., sino de las realidades materiales y de las híbridas como, por ejemplo, son las emociones a las que tanto se alude en el citado artículo.
      5) El intento de describir o explicar elementos, nociones o hechos inmateriales, como son todos los que componen la psicología humana y todos los propios de la metafísica, con la finalidad de negar la realidad de tales elementos, como mucho, a lo único que podría conducir es a cambiar el nombre a los mismos, sustituyéndolos por nombres de elementos biológicos de estructuras cerebrales o de sus actividades, aunque sean cosas totalmente diferentes.
      6) Explicar lo inmaterial por algo material, tratando de admitir como real exclusivamente esto último, no deja de ser una quimera absurda pues lo primero que habría que hacer sería definir eso inmaterial que se quiere explicar con propiedades de ese mismo plano inmaterial.
      7) El autor del artículo empieza por especificar la belleza como una experiencia subjetiva (sobrecogimiento, sublimación, embargo, subyugación, etc.) que parece consistir en un sentimiento. Luego, ese sentimiento lo atribuye a una creación del propio individuo y afirma que la belleza no existe en la realidad fuera del cerebro humano.
      8) Ahora bien, también afirma que la apreciación de la belleza es en buena medida producto de la experiencia personal y de la propia educación recibida, lo cual remite a que, al parecer el cerebro sería moldeado por esa otra clase de influjos medioambientales.
      9) En esa lógica, llegaríamos a la conclusión de que aquellos individuos deficitariamente educados que no perciben la belleza, son más realistas que los más educados que sí la perciben, o, dicho en otros términos, la supuesta alucinación que causa el placer estético en un individuo sería una creación social, es decir, una alucinación colectiva.
      10) Luego, afirma el autor, que el gozo referido a la belleza se consigue por ingredientes neuronales añadidos en el cerebro a aquellos otros más básicos propios de su actividad primitiva, y que de la interacción entre la corteza cerebral humana y el cerebro emocional no solo nace la belleza, sino también, la conciencia, la comprensión, el entendimiento, la razón humana, el conocimiento…
      11) Por tanto, según el autor, pocos ciudadanos de la Edad Media y del Renacimiento podrían haber encontrado belleza en las figuras humanas retorcidas, etc., de Van Gogh, la obra de Gaudí, etc., concluyendo que, “sin duda la belleza es un fenómeno cerebral” y que “La belleza, que no existe en el mundo, es quizá uno de los grandes prodigios creados por el cerebro humano”.
      12) Me pregunto, cómo llega a saber el autor con tanta rotundidad que la belleza de la realidad exterior, es decir, de la que existe en el mundo exterior al cerebro no es el factor causal más relevante de que el cerebro haya desarrollado estructuras capaces de percibirla.
      13) Según afirman la mayoría de los científicos, la antigüedad del mundo es enormemente mayor que la antigüedad del cerebro humano y, aunque solo sea por ese orden temporal, la hipótesis más sensata es la de que la realidad de ese mundo haya tenido algo que ver con los desarrollos cerebrales posteriores necesarios para conocerlo, apreciarlo, etc.
      14) El cerebro no crea nada, salvo cuando por diversos tipos de anomalías crea alucinaciones, y si toda la belleza que percibimos fuera alucinatoria, también sería alucinatoria toda verdad, todo bien, toda realidad, toda lógica y todo ser, ya que la belleza no es un simple placer derivado de la percepción sino que se origina cuando algo real, verdadero y bueno se muestra tal como es en su correspondiente existencia.
      15) Nuestro papel al respecto de ella es doble: a) emitir belleza y b) percibirla.

      En definitiva, si el autor pretende demostrar la inexistencia real de la belleza en el mundo no consigue otra cosa más que negarla sin argumento válido alguno, y si pretende demostrar que el cerebro humano es una suerte de entidad superior a la realidad externa a él que convertiría al ser humano en una especie de creador alternativo, tampoco consigue más que una afirmación carente, también, de argumentación racional.

      En mi opinión, estamos ante la exposición de simples dogmas ideológicos congruentes con la época que vivimos.

  • Alfredo on 27/10/2018

    Gracias Carlos por tu análisis.
    Creo que uno de los grandes problemas actuales es la gran cantidad de información que existe. Y, por supuesto, toda ella vale igual porque si no toleras algo o lo desprecias, eres cuanto menos que un hombre primitivo.
    Esa gran cantidad de información, esa gran charlatanería como la llama Frankfurt en Sobre la manipulación de la verdad, unida a la imposibilidad de la búsqueda de la verdad por la ideología imperante, nos introduce en un laberinto del que es difícil de salir.
    Un saludo a todos

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