Blog de Carlos J. García

Física y metafísica: ¿existe la realidad?

La mayor parte de la gente oye el término «metafísica» y le suena a algo así como esotérico, prehistórico, confuso o religioso, sin embargo si oyen el término «ciencia» se sienten en terreno seguro, objetivo, claro y firme.

Si hablamos de sus antónimos, la «antimetafísica» y lo «acientífico», respectivamente, el primero de ellos les resulta absurdo o incomprensible, mientras el segundo les suena a mera opinión banal que no es digna de crédito, a algo oscuro y supersticioso.

No ha llegado a la población ninguna idea clara de lo que es la metafísica, ni, obviamente nada de sus relaciones con la ciencia, salvo las que indirectamente se elaboren en el sentido de tener claro que lo metafísico no forma parte de la ciencia, precisamente por no ser nada seguro, objetivo, claro y firme.

Todo esto resultaría asombroso si la población no hubiera estado sometida a una propaganda masiva pro-científica y anti-metafísica durante siglos.

No obstante, para entender qué es la metafísica es preferible entender primero que es la ciencia experimental y, especialmente la física.

En aras de la brevedad expondré una serie de características esenciales de la misma.

La física no estudia la materia y ni siquiera tiene la más remota idea de qué sea la materia. Se limita a estudiar algo tan curioso como la actividad de los órganos sensoriales del investigador dentro de una situación preparada artificialmente generalmente con determinados instrumentos de medida.

Las mediciones que emergen en sus órganos sensoriales ni siquiera son atribuidas a la realidad de la materia, puesto que no cree que la actividad de la materia, que pudiera haber fuera de sus sentidos, tenga existencia real ni que esa sea la causa de la actividad que tengan sus órganos sensoriales en forma de «impresiones».

Los presupuestos de los que dispone el científico experimental no le permiten creer que haya cosas reales fuera de sus órganos sensoriales, ni que sus percepciones se refieran a verlas, sino que se limita a recoger sus propias sensaciones y posteriormente a elaborar leyes científicas.

Tales leyes no son más que generalizaciones probabilísticas de descripciones sentidas cuyo fin es la predicción de futuras experiencias sensoriales.

Todo discurre en la esfera de su propia subjetividad, y, la única solución a este aislamiento del mundo exterior consiste en que otros científicos tengan sensaciones iguales a las suyas ante situaciones experimentales semejantes.

No obstante, tal definición de objetividad no es más que la adición de un cierto número de subjetividades. El mundo exterior brilla por su ausencia.

Demos un giro a esto y pongámonos en el lugar de un bebé de unos seis meses de edad que juega con una pelota.

Hasta esa edad, si el niño está jugando con una pelota y alguien se la esconde, automáticamente deja de interesarse por ella y sigue viviendo sin tener la más remota idea de que la pelota sigue existiendo aunque esté fuera de su vista. Después de esa edad aproximada, aunque no ocurre de golpe, si alguien le esconde la pelota, el niño la busca porque sabe que sigue existiendo en algún lugar que él no sabe cuál es.

Los presupuestos de la ciencia experimental no incluyen la idea de conservación de la existencia de las cosas más allá de las sensaciones de ellas y, en tal sentido, opera como si se tratara de la mente de un bebé de menos de seis meses.

Es más, ni siquiera admite que la pelota exista cuando la tiene presente en sus sensaciones directas. Solo admite que tiene sensaciones que “parecen” una pelota efímera y volátil.

Dicho brevemente, la ciencia no admite la existencia de un mundo real en el que haya pelotas, niños, juegos y todo lo demás.

Admitir eso es caer de lleno en un pensamiento metafísico porque todo eso está más allá de la física.

Esto implica que la ciencia considera que lo que vemos todos aquellos que no somos científicos — y que creemos que es real— viene a ser una simple presunción pragmática o una idea que nos viene bien para vivir.

Según la ciencia, la realidad no existe o no tiene ni la más remota idea de si existe o no existe. Esto es exactamente la postura anti-metafísica.

Ahora bien, cuando los científicos cuelgan sus batas y salen de los laboratorios son tan metafísicos como somos todos los demás. Si no creyeran, que hay cosas reales que existen y pelotas escondidas, simplemente no podrían seguir viviendo ni un solo instante.

Pero, ¿estamos todos tan equivocados incluyéndoles a ellos cuando salen de sus laboratorios?

Es obvio que no, pero esto hay que demostrarlo y trataré de dar alguna línea de solución a este galimatías.

No se debe confundir la sensación con la percepción y, uno de los más graves errores de la ciencia consiste en confundir ambas actividades.

Lo que sentimos sensorialmente son activaciones de nuestros órganos sensoriales debidas a la recepción de datos que nos son transmitidos por medios físicos, como son las ondas luminosas o los cambios de comprensión de un medio como es el aire.

El científico se queda ahí creyendo que esas sensaciones son lo único que hay, pero lo cierto es que dichas estimulaciones pasan a ser procesadas por el cerebro, pero no de forma aislada, escasa y controlada, como ocurre con las observaciones de laboratorio, sino que las procesamos a millones y por múltiples canales sensoriales.

Dicho procesamiento consiste en la elaboración de las ideas referidas a las cosas, los estados de las cosas, sus movimientos, etc. ¿Cómo? Mediante la vinculación de cada subconjunto de sensaciones a cada una de las cosas que causan la estimulación y, lo que es más importante, filtrando las sensaciones en términos de su congruencia hasta la elaboración mental de cada uno de los objetos, sus relaciones y todo cuanto exista a nuestro alcance.

El resultado de dicho trabajo cerebral es que disponemos de un enorme almacén de ideas de cosas, perfectamente ordenado y en el cuál creemos, la mayor parte de las veces a ciencia cierta.

Con dicho sistema de información interno que es de ideas fundadas experimentalmente a partir de sensaciones, pasamos a los actos perceptivos propiamente dichos.

¿En qué consiste la percepción? En el hecho de que cuando nos llega una sensación, o más de una, a nuestros órganos sensoriales, se activa de forma inmediata la idea de la cosa que la emite, con el resultado de que ante una sensación, no percibimos la sensación sino la cosa en sí.

¿Está mal percibir así? Todo lo contrario, el método es mucho más fiable que el que utiliza el científico, por cuanto, en la medida en que se limita a tratar con sensaciones, generalmente por un único canal sensorial, y en una escasa cantidad (sobre todo debido a los altísimo costes de su investigación), seguido del tratamiento matemático de ellas que está mucho más limitado que el procesamiento de cualquier cerebro humano, su fuente de datos y el tratamiento de los mismos presenta graves limitaciones.

De ahí que cuando muchos científicos emiten sus opiniones acerca de cómo es el mundo material acceden a modelos que generalmente son irreales y, he de decirlo, un poco grotescos y, como mínimo ficticios.

Esas investigaciones de la materia podrán tener algunas utilidades para desarrollar ciertas aplicaciones en el desarrollo de nuevos materiales, nuevos aparatos o cosas similares, pero no sirven para nada en cuanto al conocimiento del mundo real.

La carencia fundamental que tiene la ciencia experimental es que se queda en las sensaciones y no accede todavía ─y me temo que por mucho tiempo─, a un conocimiento del procesamiento informativo que efectúa el cerebro humano con los datos que le ofrecen los órganos sensoriales.

En este ámbito de la neurología, la neurofisiología y ciencias afines, el conocimiento actual es tan escaso y, en especial en lo referido a la relación que haya entre información y neurotransmisión, que los resultados se han de quedar en las meras sensaciones y no acceden ni de lejos a la gestación de las ideas.

Ahora bien, ¿es necesario que la ciencia sea anti-metafísica para ser ciencia? En absoluto. La aspiración de todo físico de verdad, tal como defendió Max Planck, es elaborar una imagen fidedigna del mundo real que mejore aún más la imagen de mundo real que tenemos los seres humanos no científicos —esto es lo que, por ejemplo, hicieron Max Planck o Albert Einstein—, pero en ningún caso debería empeorarla.

No obstante, si la física niega que exista la realidad, por principio y, seguramente por razones ideológicas inconfesables, me temo que siempre irá detrás del conocimiento común del mundo que tenemos las personas que sí creemos en la existencia de la realidad y que, por tanto, somos animales metafísicos.

 

4 Comments
  • jfcalderero on 06/11/2017

    Importantísimo no confundir el «mapa» con la «carretera»; La REALIDAD y sus interpretaciones son cosas distintas. La REALIDAD siempre excederá necesariamente a cualquiera de sus interpretaciones, que, por cierto, están elaboradas por una parte de la realidad; aunque esa parte – la Ciencia – de lo real crea ingenuamente que su mundo es el único real. ¿Cómo se puede tener tan poco sentido crítico como para creer ¿sinceramente? semejante idea? Saludos cordiales.

    • Carlos J. García on 09/11/2017

      La negación de la realidad como algo que existe en sí o de suyo, que es el fundamento de la noción de objetividad (objeto – cosa – realidad) es una catástrofe, incluso para cualquier relacion interpersonal. Su negación nos sume en un subjetivismo escéptico y en un solipsismo que nos aísla. Pero es que si el ser humano se aísla de la realidad se convierte en una entidad ficticia, irreal e inconsistente. Tal vez esa innecesaria negación de la realidad para hacer verdadera ciencia, que es la negación de la metafísica aristotélica, está haciendo un mundo en el que todo está al borde de convertirse en ficticio, si es no hay ya muchas de sus partes en pleno apogeo de irrealización. Gracias por tu comentario. Saludos

  • Luis Miguel on 12/11/2017

    Se me ocurre un ejemplo de los efectos de negar la Metafísica. Una aplicación informática en ejecución es observable tanto por medio de la pantalla como por los periféricos a los que está conectada a través de la plataforma sobre la que se ejecuta. Un científico pro-Físico y anti-Metafísico no podría explicar el origen de la secuencia de hechos observables generados por la aplicación. Es así porque no sería capaz de llegar a descubrir las instrucciones ejecutables que realiza la aplicación informática enmarcadas dentro de estructuras condicionales de control de flujo tal como definió Nicklaus Wirth. El código fuente es inmaterial (metafísico) por lo que no sería tenido en cuenta para explicar el origen de las secuencia de hechos. Jamás llegaría a la verdad por la obstinación de negar la Metafísica.

    • Carlos J. García on 12/11/2017

      Tienes toda la razón. La información «contenida» en las estructuras condicionales de control de flujo no tiene existencia material, igual que no la tiene el pensamiento, la conciencia, la percepción, ni, por poner un ejemplo más parecido a lo que comentas, las decisiones que toma una persona que determinan la ejecución de las acciones observables. Reducir la realidad a lo estrictamente material conduce directamente a la imposibilidad de entender los hechos observables. Muchas gracias por tu aportación.

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