Blog de Carlos J. García

El «yo» en la oscuridad bajo previsiones de peligro

En principio, caben varias maneras de entender la seguridad. La primera como un cierto conjunto de condiciones externas que protegen o protegerán a las personas de diversos riesgos o amenazas.

La segunda, como una condición propiamente personal, y, por lo tanto, interior, en la que se funda la confianza de que el propio ser y la propia existencia tendrán una continuidad libre de peligros o riesgos inasumibles.

La tercera, como un estado personal o social en el que predomina el sentimiento, producido de manera estable, por uno o los dos factores citados previamente.

La inseguridad, por tanto, hay que entenderla, en primer lugar, como la percepción de condiciones externas amenazantes que no cuentan con las suficientes garantías, debidas a factores exteriores, que puedan contrarrestarlas de manera eficaz.

En segundo lugar, la inseguridad también puede referirse a una condición personal, que genera desconfianza en la propia persona, para contrarrestar eficazmente las amenazas, verdaderas o imaginarias, que graviten sobre su ser o su existencia.

Además, la inseguridad cabe entenderla como un estado personal o social en el que predomina el sentimiento producido por uno o los dos factores mencionados.

Ahora bien, las condiciones sociales o personales de inseguridad pueden presentar diversos grados y formas esenciales, que les confieren estructuras complejas.

Entre otros factores importantes que participan de dicha complejidad, hay que destacar:

  • La imagen de uno mismo (o de otra persona u objeto a los que la persona se encuentre vinculada afectivamente) anticipando en qué condición quedará tras haber recibido la violencia que amenaza a su seguridad.
  • La capacidad o la impotencia intuida de que cree disponer la propia persona para afrontar el riesgo, verdadero o imaginado, que la amenaza.
  • El apoyo (o la hostilidad) exterior, con que cree contar al hallarse en la situación de riesgo.
  • La valoración de que se disponga de aquello que es puesto en peligro.

Especifiquemos a continuación los tipos de actitudes o reacciones prototípicas que tienen posibilidad de producirse ante las amenazas fundamentales contra la seguridad.

En primer lugar, en lo referente a las amenazas que gravitan sobre la propia existencia (o sobre la existencia de otra persona u objeto al que la persona se encuentre vinculada afectivamente), hay que destacar las siguientes condiciones:

Temor.- Una actitud expectante de previsión de algún evento, valorado de forma negativa, que se afronta sustantivamente.

Miedo.- Una amenaza a la propia existencia procedente de uno mismo o procedente del exterior, que se inviste de papel sustantivo.

Ansiedad.- La apertura o previsión de una situación potencial indefinida que amenaza la propia existencia, para la que no hay certeza de disponer de la respuesta adecuada.

En cuanto a las amenazas que gravitan sobre el propio ser, hay que destacar las siguientes condiciones:

Angustia.- Miedo a dejar de ser. Una condición inasumible que amenaza la continuidad ontológica de uno mismo.

Fobia.- La previsión de una exposición obligada a una situación amenazante bajo la actitud de evitarla, cuya contradicción esencial, anula al propio ser.

Pánico.- La condición derivada de un bucle emocional con anulación de la sustantividad, debido a la sustantivación de la propia emoción, que produce un desorden absoluto y la pérdida de control de las propias funciones de relación.

Por otro lado, hay que hacer mención de otras dos condiciones que conviene analizar, por cuanto es posible que sus respectivas relaciones con las anteriores, se refieran a subtipos o especificaciones de las mismas, o, por el contrario, posean entidad como condiciones relativamente independientes de aquellas. Se trata del terror y del horror.

Recientemente he tenido ocasión de revisar una obra de Castilla Cerezo [i] en la que se efectúa un detallado análisis filosófico de las mismas en el que se puede apreciar la complejidad que revisten sus correspondientes definiciones.

En ambos casos, se analizan las dimensiones, histórica y cultural, de tales condiciones, análisis que apuntan hacia la vinculación del terror a la era moderna (que comenzaría con el uso del terror como una herramienta al servicio del Estado bajo el gobierno de Robespierre durante la Revolución Francesa), y, la del horror, a la posmoderna.

Por su parte, el terror estaría asociado a una vivencia física de temblor e impulso de huida, en respuesta a una violencia que apunta a matar a la persona que lo padece, por lo que parece tratarse de una reacción instintiva ante una amenaza de muerte.

En este sentido sería una de las posibles reacciones a las amenazas que gravitan sobre la propia existencia, a situar en la categoría en la que he ubicado el temor, el miedo y la ansiedad, si bien, entendido como una exasperación del miedo que parece incluir su extensión hacia la reacción de pánico.

En lo que se refiere al horror, dicho autor, incluye en su obra un análisis muy interesante que lo relaciona con la repugnancia producida por algo que viola ciertos principios reales.

En tal sentido, en mi opinión, se trata de la intuición de algo caracterizado por una fealdad radical, debido a que expresa una privación de propiedades reales («un objeto o ser impuro… categorialmente intersticial, categorialmente contradictorio, incompleto o carente de forma» [ii], lo cual viene a coincidir o aproximarse a algo irreal o anti-real, tal como se especifican dichas condiciones en la obra Realidad y Psicología humana [iii].

Ahora bien, cabe la posibilidad de que el horror no sea producido por el objeto mismo que amenaza a la persona, sino por la imagen de ella misma anticipando en qué condición quedará tras haber recibido la violencia prevista.

De ahí que el horror sería una reacción ante la visión o previsión de ser objeto de un sujeto monstruoso o repugnante por su fealdad esencial, o ante la previsión de que, tras padecer la violencia de algún sujeto, la propia persona quedará en condiciones de fealdad por la privación de una o más de sus propiedades reales.

Esta última posibilidad, focalizaría la reacción de repugnancia hacia el propio ser privado de sus propiedades reales, mediando la agresión que cause su privación, lo cual podría contribuir a que se produzca el estado de parálisis funcional al que se asocia el hecho de que la persona se queda “helada” ante la visión de lo horrible.

Es obvio que hay multitud de condiciones horripilantes que por su fealdad esencial no caben en el conocimiento del que, por lo común, disponemos la mayor parte de las personas, lo cual confiere un añadido de extrañeza radical y de perplejidad a las reacciones que se producen bajo las mismas. En tales casos, la impotencia se manifiesta en toda su intensidad.

Tras esta breve presentación esquemática de los tipos más relevantes de actitudes, o reacciones prototípicas, que pueden producirse ante las amenazas violentas contra la seguridad, parece necesario hacer mención de la enorme diferencia que hay entre, el hecho de que una persona sea objeto directo de las mismas, a que sea mera espectadora de ellas.

Cuando tales situaciones se convierten en un espectáculo contemplado por el espectador en condiciones en las que su propia seguridad se encuentra a salvo, pueden producirse diversas actitudes hacia los personajes que intervienen en el mismo.

El espectador puede identificarse con alguno de los personajes (víctimas o verdugos), o, por el contrario, presenciar las situaciones desde una perspectiva totalmente ajena a las mismas.

Esto dependerá de los grados en que se activen la empatía y la sugestión en el espectador, si bien, en un contexto de fondo en el que la propia seguridad está garantizada, ya que la verdadera situación del espectador es radicalmente opuesta a aquella que se muestra en el espectáculo (sea o no sea, ficticio).

Habida cuenta de la ingente cantidad de espectáculos en los que se exhiben situaciones de violencia, susceptibles de dar lugar a las peores reacciones de entre las descritas anteriormente, la investigación de  todas estas condiciones, habría de ampliarse a esas extrañas reacciones experimentadas por los espectadores que, perciben situaciones de máxima inseguridad, desde condiciones de plena seguridad.

Dado que tales experiencias no inmunizan frente al propio padecimiento de las reacciones descritas —en caso de que la persona se viera expuesta directamente a ellas— lo previsible es que sí posean algún efecto de habituación (o de inmunización) ante la percepción de las mismas padecidas por terceros, lo cual no sería propiamente algo deseable, sino un factor artificial de insensibilización al sufrimiento ajeno.

 

[i] CASTILLA CEREZO, ANTONIO; La condición sombría. Filosofía y terror; Plaza y Valdés Editores; Madrid, 21015

[ii] Según Mary Douglas en su estudio Purity and Danger, citado por CASTILLA CEREZO en la obra mencionada

[iii] En los libros II y III de la obra Realidad y psicología humana, titulados Realidad, anti-realismo e irrealidad, y Los trastornos humanos de irrealidad, respectivamente que se encuentran expuestos en el catálogo editorial de esta misma página web.

 

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