Blog de Carlos J. García

El renacimiento de la sofística

La sofística emergió hace veinticinco siglos, y, desde entonces, ha estado presente siempre o casi siempre, pero, tal vez, nunca como en la actualidad. Es posible que esté entrando en todo su esplendor.

En sus inicios atenienses, la sofística empezó siendo un recurso oratorio de las artes políticas en aquel sistema democrático de poder. Aquellos jóvenes que lo ambicionaban acudían a recibir clases de los sofistas.

Hay que tener en cuenta que las palabras pueden estar vinculadas a las cosas, o, estar libres de ellas. Esto depende del orador.

Los sofistas enseñaban a hacer discursos con palabras liberadas de las cosas, si bien, con la mejor apariencia posible para los oyentes. Se trataba de seducir a quienes escuchaban sus discursos y debates, para causarles buena impresión, o para causarla mejor que el contrincante.

No obstante, aparte de retórica, los sofistas también daban cursillos de cultura general, de tipo mundano, para que los oradores dieran una cierta apariencia de sabiduría ante el público.

En definitiva, se trata del arte de la persuasión por la persuasión, con el fin de la consecución o conservación de esa rama del poder que consiste en conseguir adeptos, seguidores, votantes y, en general, público favorable que respalde los fines que muevan al ponente.

Uno de los trucos para incrementar el prestigio, de quienes hacen política de esa manera, consiste en aumentar el volumen de los vítores y aplausos subsiguientes a los discursos, mediante público comprado de antemano. Este truco también se ha empleado en los teatros con cierto éxito.

Cuando, al concluir el discurso, el público comprado se arranca a aplaudir enfervorizado, se produce un efecto mimético que consiste en suscitar el aplauso del público verdadero, por lo que el valor atribuido al orador, medido en decibelios, crece. Esos mismos decibelios también pueden ser una medida del poder político que consiga el candidato.

Se trata de un juego que ha funcionado casi desde los inicios del uso de la palabra y que sigue funcionando en la actualidad, corregido y aumentado, por obra y gracia de los poderosos medios de comunicación.

Digo juego, porque eso no es hablar, sino todo lo contrario. La retórica sofística, en conexión con una audiencia seducida y estimulada, no sirve para sacar verdad alguna a la luz, sino para conseguir poder sobre la gente.

No obstante, el sacrificio de la verdad no es el único que ocurre en beneficio del poder. En la sofística está permitida cualquier violación de los principios que hacen posible la coexistencia humana: los principios de razón, la belleza, el bien…

Con falacias, ambigüedades, mentiras, falsas promesas, y demás artefactos oratorios, se elaboran poemas con un cierto encanto musical, que caen dentro de los oídos de los asistentes, con un efecto parecido al que provocan algunos conciertos de rock sobre el sistema límbico de las audiencias.

Ahora bien, no podemos decir que todo esto sea lo peor de tales artes. Guillermo Fraile[i], expone con claridad las afinidades de los sofistas, o sus aspectos comunes, para ser considerados como un movimiento propiamente dicho:

a)        Relativismo.

b)        Subjetivismo.

c)        Escepticismo.

d)        Indiferentismo moral y religioso.

e)        Convencionalismo jurídico.

f)         Oportunismo político.

g)        Utilitarismo.

h)       Frivolidad intelectual.

i)         Venalidad.

j)          Humanismo.

k)       Su finalidad práctica.

Dentro de estos apartados dice dicho autor:

«Su marcado escepticismo les impedía interesarse por el saber en cuanto tal. Se proponían ante todo educar a la juventud en orden a conseguir fines políticos, a formar hombres de Estado, ganar pleitos, conquistar puestos, triunfar en los negocios, sin reparar demasiado en la elección de medios.»  (ibíd. pp. 226-227)

Por su parte, Nicola Abbagnano[ii] refiere la relación entre la sofística y sus reflejos en el mundo moderno:

«La sofística antigua tampoco carece de su correspondiente reflejo en el mundo moderno. Por ejemplo, según Platón, el sofista Protágoras sostenía la tesis de que “tal como aparece para mí cada cosa, así lo es para mí y tal como te aparece a ti, así lo es para ti: porque hombre eres tú y hombre soy yo” (Teet., 152 a); por lo tanto, identificaba apariencia y sensación afirmando que ambas son siempre verdaderas porque “la sensación es siempre de la cosa que es” (Ib., 152 c): es, se entiende, para este o aquel hombre.” (p. 79) Y continua Abbagnano: “Por lo tanto es bastante claro que el mundo de la doxa (o sea, de la opinión) que cabalmente comprende las apariencias sensibles y todas las creencias que se fundan en ellas, lo acepta Protágoras tal como se presenta; pero él como los demás sofistas se niega a proceder más allá de este mundo de la opinión y a instituir una investigación que de algún modo lo trascienda.» (p. 79)

Resulta difícil no caer en la cuenta de las similitudes de estos planteamientos de la sofística con algunos del pragmatismo, o del existencialismo en sus consideraciones sobre la subjetividad, y con el límite al conocimiento que impone el positivismo, de no querer ir más allá de las apariencias observables, o con el extendido presupuesto de la ideología moderna de que todo es objeto de opinión (y no de verdad o falsedad), y que las opiniones de cualesquiera dos hombres son igualmente válidas, por lo que sólo se eligen por su utilidad pública o privada, y de tantas y tantas otras concordancias.

Por otro lado, Protágoras (aprox. 485-411 a.C.), que aparece en la cita anterior de Nicola Abbagnano, es superado por Gorgias (aprox. 485-380 a. C.), también citado por dicho autor, que afirma las siguientes tres tesis:

«1ª. Nada existe; 2ª. Si algo existe no es cognoscible por el hombre; 3ª. Aunque sea cognoscible, no es comunicable a los demás.”, […] fundando un nihilismo filosófico completo.» (ibíd., p. 83)

El rumbo anti-real que va cobrando nuestra nueva civilización se intensifica día a día, bajo una apariencia de éxito de la humanidad, frente a un supuesto enemigo común que, al parecer, es la realidad.

Cuando la realidad es aquello que la humanidad necesita por su propia naturaleza, para ser algo en vez de nada, se está montando una trama de ficciones que la sustituya y que convergen en la producción de un ente humano artificial que carezca de ella. Sin duda el poder actual, en su inmensidad, está rozando su propia perfección.

 

[i]FRAILE, GUILLERMO; Historia de la Filosofía I. Grecia y Roma; Biblioteca de Autores Cristianos; novena reimpresión; Madrid, 2010

[ii] ABBAGNANO, NICOLA; “Historia de la Filosofía”; Volumen I; La Filosofía entre los siglos XIX y XX; SARPE, S.A., 1988

2 Comments
  • Ignacio on 11/09/2015

    Muy buen artículo y fácil de entender. Al principio me parecía hasta gracioso, (aunque de esto en el fondo tenga poco), porque me vienen a la cabeza tantos discursos pesados y largos que no dicen nada,pero que curiosamente ganan al público (y que no debieran tomarse en serio).
    Yo creo que una clave muy importante está en analizar bien el discurso, yendo a la esencia de lo que dice, y no dejarse llevar por estados eufóricos que nos pueden provocar los gestos y tonos del hablante, los aplausos, emociones sobredimensionadas, soluciones mágicas, e incluso párrafos con una apariencia de verdad muy logrados, pero que se pueden desmontar, y no son mas que eso, apariencia.

  • Rosalía on 13/09/2015

    A mí también me ha gustado mucho este artículo, pero me da «bajón» pensar qué podemos hacer los realistas en un mundo así…

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