Blog de Carlos J. García

El pragmatismo de David Hume

Supongamos que un museo ha reunido una colección de esculturas para una exposición y ha puesto como responsable de la misma a un comisario (H) que representa la filosofía de Hume.

A dicha exposición acude un visitante (V) que, tras abonar el importe de la entrada y hacer una parte del recorrido, se detiene ante una estatua, y, estando próximo el comisario de la exposición, se establece el siguiente diálogo:

V.- Por favor, ¿me podría decir quién es el autor de esta estatua?

C.- Nadie.

V.- ¿Cómo dice usted?

C.- Que la estatua no la ha hecho nadie.

V.- Estará usted de broma. Todas las obras tienen su correspondiente autor.

C.- No estoy de broma, la estatua no la ha hecho nadie.

V.- ¿Quiere usted decir que esa estatura es obra de la creación divina?

C.- No le entiendo.

V.- ¿Que si lo que usted me está diciendo es que esa estatua la ha hecho Dios?

C.- No, le digo que no la ha hecho nadie, que carece de autor.

V.- Entonces, si no la ha hecho hombre alguno, ni tampoco la ha hecho Dios, lo que usted me está diciendo es que se ha hecho a sí misma, que se ha auto-creado.

C.- No, no le digo eso, aunque lo deduzca usted. No tengo constancia de que tampoco se haya hecho a sí misma.

V.- Entonces, debería usted suponer que alguien la habrá hecho, ¿o no?

C.- No, yo no debo suponer nada.

V.- ¡Oiga, pero si la tiene ahí ante sus ojos…!

C.- Eso es lo que usted se cree.

V.- ¿Cómo? ¿También me está diciendo que esa estatua no está ahí, donde, tanto usted como yo, la estamos viendo?

C.- No, lo único que digo es que tanto usted como yo, solamente creemos que está ahí pero no tenemos constancia alguna de que esté ahí.

V.- Pero, yo la veo, y usted la debe estar viendo, como yo, pues estamos hablando de ella. La estamos sintiendo con nuestros propios ojos.

C.- Claro, sólo se trata de sensaciones.

V.- ¿Cómo? Pero si las sensaciones son siempre de algo o están causadas por algo.

C.- Eso es lo que usted supone e incluso que yo puedo llegar a suponer, pero no hay constancia de tal cosa. Sólo tenemos noción de sensaciones, no de que las sensaciones procedan de algo que no sean ellas mismas.

V.- Oiga, pero si no cree usted que las sensaciones sean causadas por algo exterior, entonces, ¿por qué las cree?

C.- Porque necesito, igual que cualquiera, creer que eso es así, pero por nada más. Es una cuestión práctica.

V.-O sea, que usted no cree lo que cree porque piense que es verdad, sino porque le interesa.

C.- Claro. Yo puedo creer que algo es verdad, e, incluso, necesito pensar que lo que creo es verdad, pero eso no es más que una necesidad mía y, por tanto, subjetiva.

V.- Pero si usted sólo cree porque considera que necesita creer y no porque piense que lo que cree sea verdad, entonces, todas sus sensaciones y sus ideas, no consisten en nada más que en meras ideas sin ningún contenido exterior a ellas…

C.- Por supuesto.

V.- Pero, si hace supuestos, entonces, al menos usted reconocerá que usted y yo sí existimos, ¿o no?

C.- Sí, lo creo, pero por esa misma necesidad, no porque sea verdad.

V.- ¿Cree usted que yo soy alguien, sólo porque le resulta útil creer eso?

C.- Así es.

V.- Y, con respecto a usted mismo, ¿cree eso mismo?

C.- Exactamente igual. La palabra Yo, no es más que ese conjunto de sensaciones y de ideas que creo tener, pero yo, en cuanto a lo que significa por lo común dicha palabra, carece de todo sentido.

V.- Entonces, usted no es una persona o un individuo, sino una mera ciénaga de impresiones dispersas que no sabe de dónde vienen.

C.- Efectivamente, igual que usted aunque sus creencias le indiquen lo contrario.

V.- Usted lo pone en duda todo, y, además, no teniendo por dónde salir de esa duda, o no queriendo salir de ella, se inventa lo de las creencias para dar cuenta de lo que hace. Pero, ¿cómo diferencia las ideas o las sensaciones de eso que usted llama creencias?

C.- Las creencias no son más que ideas, pero, eso sí, algo más vivas o intensas que el resto de las ideas.

V.- Pero, si se diferencian sólo por eso, entonces, cualquier pensamiento que se le ocurra, por disparatado que sea, le valdría igual que cualquier otro que fuera, digamos, menos disparatado… Podría creer con la misma intensidad en uno que en el otro, ¿cómo elige en cuál creer?

C.- Creo más cuando uno de ellos procede de la sensación que cuando se aleja de la sensación.

V.- Pero si la sensación es autónoma, y no está causada o producida por cosas exteriores a ella, resulta igual que la idea que está más alejada de la sensación, es decir, mero invento…

C.- Es más débil y, por lo tanto, es menos creencia. Además, eso de la causa, se lo inventa usted. No hay ninguna constancia de que las causas existan realmente, aunque nos resulta útil pensar en esos términos.

V.- Pues si no hay causas, ahora entiendo lo que usted me decía de que la estatua carecía de autor…

C.- Claro, ni hay autor, ni hay producción, es más, resulta muy dudoso si hay o no hay estatua, y si usted y yo estamos aquí, y si usted, e, incluso, yo, somos algo o no somos nada… Lo único cierto es que hay pensamiento, sensaciones y creencias.

V.- O sea, que según usted de lo único que hay constancia es de que pensamos, que es lo mismo que decía Descartes. Entonces, usted no ha inventado nada.

C.- Bueno, a diferencia de Descartes, que pensaba que la mente era algo que ya venía dado dentro del propio hombre, yo soy un empirista que afirmo que todos nuestros pensamientos han tenido que ser, antes que pensamiento, sensaciones.

V.- Yo creía que un empirista, admitía la existencia de las cosas exteriores y que creía lo que sus sentidos le informaban acerca de esas cosas, pero ahora me doy cuenta de que el racionalismo y el empirismo, ambos parecen negar o poner en una duda irresoluble la existencia de cosas exteriores.

C.- Tal vez.

V.- Entonces, no tenemos certeza alguna de que eso sea una estatua.

C.- Claro.

V.- Oiga, pero es que yo he pagado por ver una estatua, no por inventármela aquí dentro, así que devuélvame mi dinero, pues todo el trabajo lo he hecho yo.

C.- No, eso de ningún modo, el dinero es el dinero.

V.- Pero, entonces, si usted reconoce que algo es y que existe fuera de su pensamiento, eso se le podrá aplicar a todo.

C.- No, no es que reconozca que el dinero es, sino que no se lo devuelvo porque es dudoso si ha pagado o no ha pagado.

V.- ¿Me está usted llamando ladrón?

C.- Usted cree que ha pagado, pero lo que usted crea es cosa suya.

V.- ¿Y qué cree usted?

C.- No tengo ninguna creencia al respecto, así que no puedo hacer nada, ni le puedo devolver el dinero que usted cree que ha pagado.

V.- Señor, usted me ha convencido, así que me quedaré aquí inmóvil, en su museo de estatuas.

C.- Correcto, eso es lo que les pasó a todas las demás.

4 Comments
  • jfcalderero on 07/06/2016

    Aunque quizá no exista este blog o puede que los dedos con los que estoy escribiendo me los haya inventado yo, voy a correr el riesgo de que haya autor y lectores y voy a opinar (perdón por hacerlo sin estar seguro de existir).
    ¿Cómo se puede afirmar con seguridad, como hacen en ocasiones algunos de mis alumnos, que la realidad no existe? Alguno está absolutamente convencido de que la realidad es tal como «yo» la percibo; no tiene ningún tipo de existencia objetiva fuera de mí.
    Me parece tan absurdo negar la existencia de realidades objetivas como negar la existencia de la subjetividad.
    ¿Qué nos está pasando?
    Saludos muy cordiales,
    JF

    • Carlos J. García on 08/06/2016

      Efectivamente, sin realidad exterior, ni siquiera se podría negar la propia realidad exterior.
      Una forma común de negar la realidad en las ciencias positivistas consiste en negar todo aquello que no sea observable, ni, por lo tanto, medible. En este caso, se impone un límite: “¡hasta aquí, sí; más allá, no!”, y cuando se pregunta por qué, la respuesta es: “es que más allá no hay nada; eso sólo está en tu mente”. Pero, ¿cómo se puede saber desde tales enfoques que está en la mente e, incluso, que sólo está en “una mente”, si la principal regla del juego es el criterio de la observabilidad? ¿Acaso pueden observar lo que hay dentro de una mente y saber, además, si eso que hay en ella, está también, o no, fuera de ella?
      En el caso que citas “Alguno está absolutamente convencido de que la realidad es tal como “yo” la percibo; no tiene ningún tipo de existencia objetiva fuera de mí.”, estamos en el caso del neonato que cree que lo que dota de existencia a las cosas es él mismo, mediante su sensación de ellas.
      En el apartado titulado Confusiones sobre la realidad, del capítulo VII del libro El ser humano y la realidad (tomo I de la obra Realidad y psicología humana) analicé si nuestro pensamiento, con sus diferentes tipos de contenidos, podría ser autónomo o plenamente independiente de las cosas exteriores a él, llegando a la conclusión de que todos, o la inmensa mayoría de sus contenidos, serían imposibles sin los objetos exteriores a los que hace referencia: el juego; la sorpresa; las reacciones cognitivas; la comunicación; el aprendizaje… La mayor parte de nuestro pensamiento sería imposible sin las interacciones con las cosas independientes de él.
      Creo que sería muy recomendable para algunos alumnos la lectura del capítulo titulado Vademécum del Realista Principiante, escrito por Étienne Gilson (1884-1978) [dentro de su obra: La unidad de la experiencia filosófica; versión de Carlos Amable Baliñas Fernández; Ediciones RIALP S.A., Madrid, 1998]. En él, Gilson se enfrenta al idealismo, el más astuto depredador de cuantos tratan de acabar con la realidad.
      En su Vademécum, Gilson pone en evidencia que el idealismo no es más que un teatro en cuyos papeles, ni creen, ni pueden creer, los propios idealistas. El idealismo inventa problemas insolubles que en la realidad no existen. Pretende que confundamos el pensamiento con el conocimiento. Camina de espaldas, yendo del pensamiento a las cosas en vez de ir de las cosas al pensamiento. Ha robado y corrompido los términos del lenguaje realista. El idealismo habla del pensamiento mientras que el realismo habla de las cosas. El idealismo confunde el ser dado en el pensamiento por el ser dado por el pensamiento. Partiendo del «yo», pretende acceder al mundo como un no-yo, que es a lo que reduce lo real el idealista, es decir a nada, en vez de a un en sí. El idealismo inventa el misterioso noúmeno que tacha como incognoscible cuando el realismo entiende que conocer es aprehender la cosa tal como ella es. El idealismo va contra el sentido común bien informado del realismo que es el modo de proceder de la ciencia. El idealismo ha corrompido el significado de inventar que quiere decir encontrar, no crear. La inteligencia encuentra y descubre explicaciones de los objetos…
      Dice Gilson: «De que toda representación sea, en efecto, un pensamiento, no se deduce ni que dicha representación no sea más que un pensamiento, ni siquiera que el cogito condicione todas mis representaciones.» (op. cit., p.179)

      Un saludo y gracias por tus acertadas aportaciones.

  • Ignacio Benito Martínez on 08/06/2016

    Entonces, si se cree lo que dice Hume, ¿se llega al más absoluto absurdo? Vamos, que sería imposible creer en la realidad ¿Qué finalidad buscaba Hume?
    Estaba antes pensando acerca del poco gusto musical y la poca sensibilidad musical que se tiene hoy en día. En su mayoría, la gente escucha música que se pone a todas las horas del día en los medios de comunicación, y de tanto repetirla, se nos queda en la cabeza, y nos hace tener una sensación de cierta familiaridad con ella. Pero en su mayoría, es música de escasa calidad. Por lo tanto, la mayoría de la gente (no toda), escucha música que ha elegido alguien, que generalmente son los poderosos (persona que ha adquirido poder, de la forma que sea, independientemente de la moral, ética o como se quiera llamar) de la industria musical.
    Quizás las ideas, la forma de ver la vida, de pensar, la actual (y mal llamada) «filosofía de vida»; es decir, aquello que debe regir el funcionamiento de nuestra cabeza, lo que tú llamas nuestro sistema de referencia interno, esté también influenciada por la multitud de mensajes que escuchamos a lo largo del día, que con independencia de que sean ciertos o falsos, buenos o malos, pasan a ser cotidianos y a determinar nuestra forma de actuar. Posiblemente la historia reciente del ser humano, esté altamente influenciada por las actuales ideologías, ideadas por el poder, para sustituir a la realidad.

    • Carlos J. García on 09/06/2016

      La negación del mundo exterior; creer que no es, ni existe; creer que es algo que no podemos conocer; sostener la duda estructural vinculada al propio conocimiento, etc., nos obligaría a creer que todas aquellas ideas, percepciones, representaciones o cualquier otra actividad de procesamiento informativo que efectuamos, carecen de objeto exterior a ellas mismas, lo cual implicaría la creencia de que no hacemos nada diferente a alucinar y delirar.
      No obstante, nuestra experiencia cotidiana y el simple hecho de que podemos vivir en interacción con el mundo exterior, nos muestra que la eficacia de nuestras funciones de representación es muy elevada, e, incluso, que cuando nos equivocamos en las representaciones que hacemos, podemos darnos cuenta de ello e ir mejorando paulatinamente nuestro conocimiento de las cosas.
      Exploramos la realidad, tanto de forma individual, como socialmente, movidos por la necesidad instintiva de hacerlo. Está en nuestra constitución natural y, si las facultades de que disponemos para hacerlo, no sirvieran a dicho efecto, toda nuestra constitución sería absurda. No solo eso, sino que, si disponiendo de unas necesidades imperiosas de conocimiento, no pudiéramos satisfacerlas, nos habríamos extinguido hace muchísimo tiempo.
      De ahí que, si creyéramos a los autores que niegan la realidad o nuestra posibilidad de conocerla, no teniendo razón alguna para hacerlo, lo único que conseguirían sería que desconfiáramos de nosotros mismos, en los procesos de conocimiento que efectuamos todos y cada uno de nosotros, poniéndonos a depender de los mensajes que recibimos de terceros, lo cual merma la independencia personal y la propia autonomía.
      En definitiva, dicha desconfianza básica en las propias funciones, merma nuestra propia esencia y nos hace más dúctiles y maleables por quienes pretendan configurarnos en contra de nuestra propia naturaleza.
      Hoy en día, hay muchísimos millones de seres humanos cuyas creencias son generadas por la televisión y, por tanto, tienen limitada su conciencia de las cosas a aquello de lo que la televisión les informa. Nunca el ser humano fue tan dependiente de terceros que, operando desde el exterior, sustituyen a las propias cosas, muchas de las cuales podríamos conocer directamente por nosotros mismos.
      Muchas gracias por tus continuadas aportaciones al blog.

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