Blog de Carlos J. García

El desarrollo de sistemas y la ontogenia humana

En primer lugar diré que la noción de desarrollo es ajena a la noción de progreso tal como habitualmente se utiliza en nuestros días. Ir hacia delante no significa necesariamente ir a mejor. El hecho de que algo se desarrolle no significa, ni que vaya  a mejor, ni que vaya hacia delante. Todo esto, depende de qué se trate.

Cuando decimos que un ser o un sistema se desarrolla, podríamos estar diciendo dos cosas diferentes: primero, que crece de tamaño; segundo, que incrementa su complejidad interna.

Para poder decir que un ser se desarrolla hay que partir de un estado en el que ya haya alcanzado o esté dotado de una forma estructural como sistema. Sólo un sistema ya formado, en cuanto tal, puede desarrollarse.

Hay que distinguir el crecimiento, en términos estrictamente orgánicos o físicos, del crecimiento como sistema.

Un sistema ya formado podría incrementar su tamaño, sin que se produjera modificación alguna en el sistema en que consiste, lo cual sería una especie de engrosamiento material que puede ocurrir de diferentes formas. Sin embargo, ese tipo de crecimiento no afecta en absoluto a la dimensión del sistema en sí.

Se podría plantear que un sistema podría crecer en términos de adición de objetos, o de sumarse a otros sistemas exteriores, como podría darse en las fusiones o las incorporaciones.

Estos hechos parecen ser muy frecuentes en el ámbito de la microfísica, como cuando, bajo ciertas condiciones, dos átomos de hidrógeno se unen para formar un átomo de helio o en las uniones de átomos para formar moléculas, etc., aunque también se podría hablar en dichos términos a niveles macroscópicos y no sólo micro-físicos, por ejemplo, en ciertos sistemas sociales humanos como la formación de una nación a partir de diferentes sistemas poblacionales previos, etc.

En todos estos casos, no cabe hablar de desarrollo de un sistema sino de que, a partir de dos o más sistemas, se forma un nuevo sistema diferente con nuevas propiedades intrínsecas que son diferentes a las de los sistemas precedentes.

Para poder hablar de desarrollo de un sistema, el sistema en cuestión se debe conservar como tal y sus cambios no tienen por qué ir ligados a su crecimiento material, aun cuando, a menudo, sea así. Además, tampoco habrá desarrollo de un sistema por la incorporación de elementos tróficos del exterior que, simplemente, le aportarán energía o servirán a otras necesidades del propio sistema.

El desarrollo de un sistema ha de consistir necesariamente en su ramificación o arborización interior, sin que tales hechos desborden los límites del propio sistema. Se trata de un proceso que ocurre dentro del propio sistema, aunque eso no signifique que ocurra en un estado de aislamiento o de ausencia de relaciones existenciales.

Un sistema efectúa su desarrollo interno cuando genera nuevos subsistemas integrados jerárquicamente dentro del sistema. Se trata de un crecimiento interno y hacia dentro, mediante la elaboración de nuevos subsistemas en tanto partes de subsistemas anteriores.

Pensemos, por ejemplo, en un sistema teórico. Una teoría se puede elaborar de un modo muy sencillo, a grandes rasgos, poniendo solamente los presupuestos o los axiomas muy generales bajo los que, conceptualmente, cabrá incluir una gran variedad de concreciones y de especificaciones. Luego, esa teoría podría engrosar información compatible con sus axiomas, ubicada en cualquiera de sus ramas y, a su vez, que de ella salgan nuevas ramas, de forma que la precisión y amplitud informativas crezcan progresivamente hasta los límites definidos implícitamente por los axiomas.

En una teoría, suficientemente desarrollada, cabrán multitud de informaciones muy concretas acerca de referentes exteriores o de objetos. Ahora bien, todas esas informaciones habrán de tener dos focos de compatibilidad: con esos objetos exteriores y con el conjunto de axiomas o presupuestos de la propia teoría. Además, deberán tener un orden lógico, se diría que taxonómico, por sub-ramas, ramas, etc., de forma que su arquitectura responda a un orden lógico dado por el propio sistema.

La teoría se desarrolla mientras se conserve el sistema axiomático y se vayan expandiendo dentro de ella sus diferentes ramas, en orden a una mayor subdivisión y especialización de cada una de ellas, lo cual no es sino una mayor concreción y precisión en sus modelos de representación.

Ahora bien, si ocurre que la teoría no da más de sí, o cualquiera de sus desarrollos llega a resultar incongruente con el conjunto axiomático, la teoría entra en su fase terminal, y, seguramente, surgirán nuevas teorías con axiomas más acertados que puedan servir mejor al carácter de nuevos modelos de representación.

A medida que la teoría se desarrolla, sus límites axiomáticos, que son los que la definen en relación con cualquier otra teoría diferente, permanecen constantes, pero, dentro de ellos, caben más y más ramas. Su modo de caber no tiene nada o casi nada que ver con algo material sino que se refiere al hecho de inscribirse en sentido lógico y geométrico. Dentro de una determinada proposición se inscriben otras y, dentro de estas, otras de menor amplitud conceptual, etc. Así, su riqueza representacional crece en el sentido de que cumplirá su tarea de modo cada vez más exacto o preciso, sin por ello, perder la amplitud inicial en cuanto a lo que con ella se podría representar.

Dado un buen sistema de axiomas, ese crecimiento hacia dentro puede llegar a ser muy grande, sin que el propio sistema cambie en lo que respecta a su estructura inicial. Por lo tanto, dado un sistema fértil, dará de sí un amplio conjunto de desarrollos que, además, permitirán su crecimiento en términos de información contenida en él, pero no sólo contenida, sino, además, estructurada, ordenada y sujeta al tronco en qué consisten los axiomas.

En el caso de que, un conjunto de axiomas, fuera un simple tronco del que no salieran ramas o nuevas ramas, ese sistema sencillo podría crecer en términos de acumulación de información pero no se estaría desarrollando como tal sistema. Parece, por tanto, que los desarrollos hay que considerarlos especializaciones del sistema y no simples engrosamientos informativos, aunque resulte  difícil concebir un buen sistema teórico que sólo admita crecimiento y no desarrollo.

Parece que, algo parecido a lo expuesto para los sistemas teóricos, puede ocurrir en el resto de sistemas complejos, si bien, la complejidad inicial del sistema y en qué consista dicha complejidad, parecen ser las claves de los desarrollos potenciales de que disponga algo en sí.

En el caso del ser humano, se podría decir que hay varios tipos de desarrollos diferentes. El primero es el desarrollo embrionario. El segundo el desarrollo infantil y, el tercero, el desarrollo adulto.

El desarrollo embrionario culmina cuando el embrión ha llegado a desarrollarse hasta alcanzar la posibilidad de sobrevivir fuera del útero materno. Es un tipo de desarrollo que, prácticamente, todo él, está sometido a la determinación de la información genética y poco sometido a otras posibilidades, salvo las que afecten al crecimiento orgánico.

El desarrollo infantil parece que deja de estar regido, en gran medida, por determinantes genéticos y pasa a ser determinado por un enorme sistema de determinantes que contienen las interacciones entre el niño y su entorno, que no es mero entorno existencial sino, fundamentalmente, formativo. Viene a culminar en la cristalización de un modo de ser, que consiste en un sistema de determinantes o principios gubernativos que dotarán de vínculos, autonomía, independencia, dependencia del entorno, etc., con el que el niño pasará a iniciar su etapa adulta.

En el ser humano tales determinantes consisten en creencias.

Si comparamos esto con un modelo teórico, podríamos decir que en la infancia el niño incorpora los axiomas que delimitarán la estructura de creencias concernientes a un modo de ser que, a su vez, pasará a desarrollarse en sí, a lo largo de su etapa adulta.

El desarrollo adulto del ser humano consiste en la arborización interna de esa estructura ontológica. Las creencias que definan su modo de ser constituyen el tronco del sistema y dentro de ese tronco, se irán produciendo arborizaciones y especializaciones compatibles con ellas, que se irán inscribiendo en ellas, en forma de nuevas creencias de menor amplitud conceptual compatibles con las axiomáticas.

En el caso de la especie humana, a partir del nacimiento, la enorme apertura del sistema biológico inicial a los avatares existenciales en un horizonte muy amplio de posibilidades de entornos diferentes, permite una gran amplitud de caminos de posibles desarrollos, muchos modos posibles de ser y, también una gran variedad de desarrollos potenciales en el área de las facultades.

A diferencia de la noción de desarrollo ontogenético, encontramos la noción de evolución con la que no se suele hacer referencia a seres o sistemas individuales, sino a especies de individuos. El origen, la historia y el desarrollo de las especies de seres vivos dentro del tronco del sistema biológico total, remite a unas secuencias filogenéticas, mientras que si hablamos de seres individuales, permanecemos dentro de secuencias ontogenéticas.

En el caso de que, en un sistema individual, se produjera algún cambio evolutivo y no de desarrollo, lo cual implicaría alguna clase de mutación propiamente dicha, automáticamente la identidad individual del sistema quedaría dañada y se produciría una crisis, poniendo en riesgo la viabilidad del individuo.

De superar dicha crisis, lo cual dependería de la amplitud de la misma y de otros factores, habría surgido un nuevo sistema ontológico individual, con alguna clase de continuidad en relación al sistema previo, pero con una redefinición del sistema mismo, lo cual, previsiblemente, es poco frecuente.

En cualquier caso, lo que no se podría romper es la historicidad del individuo y, por lo tanto, la existencia de un cierto desarrollo compatible con esa evolución. De romperse la historicidad, el sistema entra en un desequilibrio y en una condición interna de absurdo que, o se revierte, o el sistema se rompe.

A diferencia de los desarrollos del sistema en sí, cabe la posibilidad de que se produzcan incorporaciones de sistemas menores dentro de sistemas mayores aunque esto no es propio de sistemas biológicos sino de sistemas sociales. No es nada infrecuente que en sistemas sociales se produzcan incorporaciones de nuevos sistemas menos complejos que pasan a ser integrados en las ramas del sistema más complejo. No se trata de desarrollos del sistema en sí y por sí, sino de una forma de modalidad trófica en la que lo raro es que, el sistema grande que incorpora al pequeño, no lo someta simultáneamente a una diversidad de transformaciones para que pueda integrarse, sin que la incorporación comprometa la congruencia interna del sistema mayor, y sin que los cambios sean tan extremos que el sistema menor quedara desintegrado completamente en el proceso. En este último caso, habría que decir que el sistema mayor habría asimilado al menor pero no que lo hubiera incorporado.

En lo que respecta a la noción de aprendizaje, especialmente en el caso humano, es necesario matizar la diferencia entre el aprendizaje de creencias en tanto determinantes funcionales, y el aprendizaje de facultades o de ejercicios funcionales de facultades.

Generalmente, el término aprendizaje se utiliza más haciendo referencia a la parte facultativa que a la determinativa. Se suele tratar de aprender a hacer algo, o, incluso, de aprender a ser algo, pero, en tal caso, casi siempre utilizando el término ser en el sentido de llegar a consistir en un ser facultado para hacer algo.

Así, el aprendizaje suele referirse a la adquisición de usos o facultades funcionales por vía de la práctica, a menudo guiada y modelada por agentes exteriores, y se suele diferenciar del desarrollo humano en sí como algo interno del  sistema. En tal sentido, el aprendizaje sería, la mayor parte de las veces, imitativo y, por tanto seguiría un formato de clonación o reproducción de modelos dados exteriormente. Se trataría de adquirir formas que vienen dadas desde el exterior.

En la medida en que no fuera así, y el aprendizaje esté mucho más sujeto al individuo o en dependencia de este, habría que verlo más como desarrollo efectuado por el propio individuo fundado en su propia experiencia. En este último caso, esa modalidad de aprendizaje no sería tanto una adquisición directa del exterior, sino un desarrollo interno hecho a partir de la experimentación de situaciones exteriores.

La distinción recae en la proporcionalidad que haya entre la incorporación de algo exterior sin repercusiones en la modificación del sistema y la fertilidad de desarrollo del propio sistema teniendo como iniciador algún conjunto de hechos del exterior.

El aprendizaje, como incorporación directa del algo exterior, no modifica la amplitud del sistema, aunque entendido como algún desarrollo del sistema, instigado por algo exterior, obviamente, consiste en lo contrario. El aprendizaje, que no va seguido de alguna forma de desarrollo del sistema, no aporta riqueza alguna y resulta ontológicamente irrelevante, aunque pueda aportar alguna utilidad práctica, no de índole existencial, sino de supervivencia o de otros tipos.

Por otro lado, parece que el hecho de que ocurra una cosa o la contraria depende del grado en el que el individuo participa activamente (y, mejor todavía, proactivamente) en el proceso de aprendizaje.

El aprendizaje pasivo pasa a la memoria del sistema durante un cierto tiempo pero no se incorpora a él y suele perderse tras haber dado alguna utilidad inmediata.

2 Comments
  • Amalia LL on 27/08/2016

    Ojala la forma de terminar el artículo sea un anuncio de uno futuro sobre el aprendizaje, cordiales saludos

    • Carlos J. García on 12/10/2016

      La participación activa de quien aprende, en el proceso del propio aprendizaje, es una condición indispensable para que este produzca incorporaciones estables que enriquezcan a la persona. Ahora bien, tal factor depende de la propia actitud con la que se afronte aquello que pueda ser aprendido, por eso en niños y adolescentes hay que fomentar actitudes favorables al desarrollo del propio ser, a su realización y a la adquisición de los trascendentales. El futuro, en buena medida, dependerá de que se siembren, o no, tales actitudes. Un cordial saludo.

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