Blog de Carlos J. García

¿Cómo se ha llegado a este impasse?

¿Cómo ha llegado una civilización supuestamente desarrollada al estado de deterioro en que se encuentra?

Según García Morente:

«Tengo por cierto que buen número de los males que aquejan hoy a nuestra humanidad proceden de la excesiva inocencia con que profesamos nuestra fe en el progreso. Como a una voz, los hombres todos se han lanzado febrilmente a la tarea de avanzar, en cualquier sentido que sea, de cualquier modo que sea, desentendiéndose los unos de los otros, llevando a extremos inconcebibles la división del trabajo y perdiendo la noción exacta y sana del orden y jerarquía entre los valores a realizar.»[i] (p. 97)

La idea de avanzar por avanzar en cualquier sentido, conjugada con la pérdida de esos sanos “valores a realizar” referidos por García Morente —que parecen coincidir con la realización humana— tiene todo el aspecto de un derrumbamiento cultural y, posiblemente, con una masiva huida hacia delante en la que el ser humano ha perdido el rumbo y se irrealiza a marchas forzadas.

Nuestra cultura se quebró o fue quebrada por medio de una gran revolución inicial cuyo principal objetivo fue la destrucción de todo el orden y el sistema de creencias preexistente en el régimen previo a la modernidad.

En los propios cimientos del sistema cultural previo, se encontraba la creencia cristiana en la existencia de Dios de la que se derivaban múltiples ramas, teóricas y prácticas, que ordenaban la vida social dentro de las diferentes naciones, unas del orbe católico y otras de las variantes protestantes, pero la creencia básica en todas ellas era el teísmo.

Al inicio de las revoluciones en Inglaterra, América y Francia propiciado por la Ilustración, se potenció el movimiento ateísta dentro de un marco ideológico, primero empirista y poco después positivista, que, entre otras muchas cosas, puso en cuestión la utilidad de la religión. Obviamente, el juicio utilitarista se decantó por su inutilidad.

Un autor muy relevante en ese cometido fue John Stuart Mill (Londres 1806- Aviñón 1873) que fue de los primeros autores en promover la Religión de la Humanidad, en la que se sustituye a Dios por la Humanidad.[ii]

Entrelazado con la corriente empirista, positivista, pragmatista, utilitarista, etc., se desarrolla el materialismo moderno que termina por establecer una perspectiva parcial, sesgada e insuficiente de la vida, del hombre y de las necesidades psicológicas y espirituales que este tiene por su propia constitución.

Lo cierto es que la valoración negativa de la creencia en la existencia de Dios fue trascendiendo a grandes sectores de la población de Occidente, conllevando el hundimiento de toda la arquitectura de principios y valores establecidos por el cristianismo, lo cual es la explicación más elemental del derrumbamiento de la cultura y de esa suerte de teofobia que ve con buenos ojos cualquier forma de huida de la religión y de toda creencia vinculada a ella.

La malignación social de cualquier objeto, por los poderes que controlan o lideran un movimiento político de masas, causa un linchamiento del mismo mediante una violencia multiforme desatada y, esa misma violencia profundiza y arraiga el odio delirante hacia ese objeto para sostener que estaba justificado.

Esto ocurrió con las dos ideologías que emergieron de esa primera revolución moderna, el liberalismo político y, sobre todo, el comunismo visceral ansioso por destruir el anterior régimen, acusado de ser la causa de las penurias de los proletarios y la pobreza de la mayor parte de la población.

Pero la presencia universal de la religión en todas las culturas históricamente relevantes, a pesar de que trata con objetos no evidentes, no se puede deber a una frivolidad, un capricho, un error generalizado, ni mucho menos para hacer daño a terceros.

La producción de religiones tampoco puede proceder de una forma adulta de animismo infantil, funcionalmente paralelo con el ejercicio de múltiples tareas que requieran elevados niveles de madurez lógica e intelectual. Parece, por tanto, que se trata de una necesidad funcional vinculada a la naturaleza de la propia vida humana y, también al hecho de la muerte.

Por regla general, el origen del pensamiento religioso y de gran parte de las religiones parece estar muy vinculado a la muerte, aunque ésta no sea el único factor explicativo.

Un enfoque más amplio se puede situar más allá del par «existencia ─ inexistencia» en el ámbito «ser ─ no ser» o también en el dualismo «ser ─ nada».

¿Cómo conecta el pensamiento religioso con la muerte?

La muerte es la interrupción o la pérdida de la existencia de cualquier ser vivo por causas físicas irreversibles.

Además, la muerte humana determina, también, la pérdida irreversible de la conciencia. Conjugadas ambas pérdidas, la muerte se acerca mucho a un tránsito del propio ser a la nada.

En mi opinión, el ser humano carece de conciencia de que morirá hasta alcanzar una cierta edad, en pleno descenso de su curva existencial. Los niños y los jóvenes, salvo excepciones que se dan en experiencias de enfermedad grave o similares, carecen de la capacidad de concebir que ocurrirá su propia muerte, lo cual les dota de una impresión de continuidad existencial indefinida, que es parte fundamental de su mentalidad y da lugar a más ventajas que inconvenientes durante su desarrollo.

Ahora bien, en el ser humano en general, la diferencia entre su vida y su muerte, entendidas como estados propios de su ser, es tan absoluta y radical, que no tiene el menor parecido con las comparaciones que se puedan hacer entre dos estados cualquiera de existencia en vida. La muerte no puede incorporarse a la experiencia existencial continuada, sea ésta cual sea.

En cuanto a la conciencia, al menos hay una serie de experiencias que podrían parecerse en cierto modo a su pérdida en la muerte. Experimentamos el sueño nocturno, las anestesias, y otras condiciones físicas reversibles que pueden asemejarse a lo que suponemos que ocurre al morir.

Lo cierto es que la muerte, entendida como cambio irreversible, de la existencia a la inexistencia del propio ser, resulta metafísicamente incomprensible, por lo que la mente humana tiende a intuirla como algo absurdo o como algo que no puede tener lugar.

Otra cosa algo distinta es la experiencia intelectiva de la muerte de otro o de otros seres humanos, sobre todo cuando se trata de existencias entrelazadas afectivamente. La conciencia de que otra persona ha perdido su existencia, con la consiguiente experiencia de pérdida de la coexistencia con ella, se enfoca de diversos modos según la valoración que se efectúe, incluyendo duelos y diversos tipos de complicaciones, si bien, es menos incompresible metafísicamente que la consideración de la muerte propia.

Cuando muere otra persona no desaparece de la conciencia de quien la percibe y la siente. Queda la memoria de su vida y de la relación que existiera con ella, lo cual es una forma de retener parte de su existencia en la propia conciencia. El problema metafísico de la muerte parece ceñirse al propio ser, y solo se plantea a futuro.

De hecho, «yo moriré» es un enunciado verdadero para todo ser humano, y en el caso de que no lo sea en otros seres vivos, no lo es porque sus vidas no vayan a terminar, sino por falta de un «yo».

Ahora bien, la condición mortal es una propiedad tan potente en la vida de los seres humanos conscientes de la misma, que puede dar lugar a todo tipo de consecuencias personales, según sea el enfoque que se adopte en cada caso, ya sea filosófico, científico, religioso, pragmático, sociológico, etc., o una combinación de todos ellos, y de los consiguientes efectos sociales que puedan conllevar.

Una de las áreas más relevantes sobre las que necesariamente han de formularse soluciones más o menos teóricas, se refiere a dicha rotura radical de la existencia que parece conllevar la muerte. Si se considera que la existencia colapsa en la nada, o si por el contrario se considera alguna forma de trascendencia por la que continúe algo de esa existencia concluida, los modos de vida resultantes pueden llegar a ser muy diferentes

Si se cree que la existencia acaba en nada, es decir que es completamente intrascendente, la vida tenderá a ser gestionada primando alguna forma de hedonismo individualista o cambiando sutilmente el hecho de vivir por otra modalidad de existencia objetual, que consiste en jugar a vivir ante y para la mirada ajena, modalidad que cada vez se extiende más en la actualidad.

Si se cree que la propia existencia trasciende de algún modo a la propia descendencia, en caso de tenerla, dependerá de la actitud que se tenga hacia ésta el que se le legue o no, algo valioso, nada, o algo problemático. En la actualidad la procreación occidental ha entrado en picado por lo que tiende a desaparecer la trascendencia por la descendencia.

Si se cree en una posible trascendencia social de lo que uno mismo haga en la vida, ocurrirá algo parecido a lo anterior, pero en términos sociales, de hacer algo en beneficio de las sociedades venideras, nada, o, hacerlo en su contra. No obstante, las modalidades sociales actuales están tan divididas artificialmente que cualquier idea de trascendencia social estaría vinculada a una división postrera de juicios de valor.

Si se cree en una trascendencia de tipo religioso, en términos de la inmortalidad del alma e, incluso, en la doctrina de la resurrección, en la práctica se niega la finitud de la propia existencia. Y si dicha creencia está vinculada a cumplir determinadas condiciones de índole moral en la existencia actual, sus efectos sobre ésta pueden llegar a ser determinantes en el modo de establecer y llevar a cabo las relaciones interpersonales.

Hay que diferenciar el miedo a la muerte de quienes no creen en la “otra vida”, del que pueden experimentar quienes sí creen en ella, sobre todo cuando dicha creencia incluye un juicio final del que dependerá el premio o castigo eternos, en función del cumplimiento o transgresión de un concreto código moral.

Entre el ser religioso y el irreligioso hay una diferencia abismal que afecta directamente a sus modos de afrontar, no solo la muerte, sino sobre todo, la vida y el modo de vivirla: en el primer caso, de modo trascendente, e intrascendente, en el segundo.

Pero la sustancia moral no cabe identificarla con la conexión de la conducta con premios o castigos.

Las diferencias de enfoque ya se originan en creer, o no, en (un) Dios creador al que se debe la propia existencia, en vez de creer que se es producto de un universo mecánico autogenerado del que se es una pieza más de entre la inmensidad que se producen ya sean vivientes, o no.

En el primer caso, la propia existencia adopta la forma de ser un cierto modo de trascendencia divina. En el segundo, la noción de ser equivale a un fenómeno atómico del que no se debe nada más que al azar.

En definitiva, el creyente nace y vive agradecido, mientras el que no cree no tiene nada que agradecer a Dios, lo cual implica que su existencia, toda ella, se la debe a sí mismo o, como mucho, parcialmente, a quienes considere que le hayan ayudado a disfrutarla.

En este último caso, es muy raro que se incorpore al sistema de creencias una moral universal, ya que el propio mecanicismo es totalmente ajeno a los principios trascendentales que aportan valor y significado real a la moral.

Por lo tanto, el ser religioso encuentra un vínculo entre un universo creado de forma inteligente, con finalidades en la que interviene el propio hombre y con reglas de conducta cuyo cumplimiento, o no, producirá consecuencias para él y para el propio universo.

Entre estas dos disyuntivas encontramos la clave fundamental de las diferentes formas de vida de grupos e individuos.

La pregunta inevitable se refiere a saber cuál de las dos es la más real o la menos irreal.

A priori, parecería ser más real la perspectiva materialista que atribuye la existencia de algo al sujeto último, que sería ese universo mecánico autogenerado, que considera la muerte como desaparición total del propio ser, que atribuye al azar el hecho de la existencia individual, dejando plena libertad al ser humano para que haga su vida al margen de cualquier modo de trascendencia y que identifica a nuestra especie como una especie animal más, sin ninguna diferencia cualitativa con las demás.

Ahora bien, las culturas habidas en los últimos diez mil años —hasta hace aproximadamente doscientos—, que son los que conciernen a la actualidad de nuestra especie y que han producido aquello que somos y aquello que tenemos, en cuanto al aumento de la procreación y duración de la vida, sistemas sociales complejos, acopio de conocimiento, modalidades racionales de interacción social, y, en general, modos de coexistencia “civilizados”, todas o las más importantes de ellas, han sido religiosas.

De hecho, la excepción de los últimos doscientos años, que no han sido precisamente los más “civilizados”, se caracterizan por un giro manifiesto hacia el ateísmo, la demolición de la moral, las guerras más violentas, las armas más destructivas, las ideologías más perversas, y, sobre todo por la disminución de la sustantividad y la independencia personal asociadas a la impersonalidad individual.

Sin duda la humanidad se va emancipando de Dios a marchas forzadas, tal como anunció Nietzsche, pero también es cierto que todavía quedan algunos de los desarrollos producidos cuando se creía en Dios.

Tal vez estamos viviendo todavía en gran medida de las rentas producidas de creencias del régimen anterior y, es posible que, cuando esas rentas desaparezcan del todo, el edificio que se había construido se venga abajo, un edificio que se refiere, sobre todo, a las hechuras de un ser humano desarrollado, consciente, y moral e intelectualmente capacitado personalmente.

En cuanto al factor del agradecimiento al Ser divino, es obvio que genera deberes personales que se confunden con deberes morales hacia el propio universo creado y, por tanto, una suerte de solidaridad con el gran ecosistema que conforma la realidad.

A diferencia de esto, la soberbia de un ser humano que no cree deber nada y que cree ser el único factor relevante para disponer de su existencia, no le permite creer que tiene deberes, sino solo derechos, lo cual choca conceptualmente con la moral.

Tener derechos es tener poder, el poder de exigir que el universo les dé cumplimiento, producen la actitud que tiende a servirse de los demás en vez de servir a lo que se deba servir.

Los derechos generan actitudes de poder y facilitan el desarrollo de capacidades destinadas a influir en los demás. Muy al contrario, los deberes generan capacidades opuestas a las anteriores que causan un desarrollo personal hacia la independencia dentro de la coexistencia.

De hecho, el mayor problema que ha tenido, tiene y tendrá la humanidad es la ambición de poder de uno sobre otros, y ese problema se acrecienta tanto más cuando crece el narcisismo y la soberbia, que a menudo se derivan de la previa negación de Dios.

Pero es que el ejercicio del poder sobre terceros, ya sea especialmente de padres o madres sobre sus hijos o de cualquier otro tipo, es causa directa de generación de problemas de irrealidad, de alteraciones mentales, de daños a la personalidad, etc., aparte de otros modos de daño material sobre las formas de existencia de quienes recae.

Por lo tanto, la actitud favorable a cumplir con el deber sirviendo a los principios trascendentales, que hacen posible la existencia y, naturalmente, la coexistencia de la totalidad del sistema de la vida ─que es el más importante y delicado de los sistemas que conocemos─, es la actitud que favorece a la conservación y desarrollo de la realidad en mucha mayor medida que su inversa. La clave se puede resumir en que el amor se imponga sobre el poder y eso es lo que promueven las religiones de las que procedía nuestra cultura antes de su demolición.

Por otro lado, en línea con lo que proponía John Stuart Mill, habrá quien piense o propugne que la denominada “religión de la humanidad” puede configurarse como una tercera posibilidad a medio camino entre el “realismo materialista” y las religiones tradicionales.

En este caso, se trata de cambiar a Dios, creador del universo, por otro dios denominado “Humanidad”, tratando de que el hombre sirva a la humanidad con usos y prácticas parecidos a aquellos con los que las religiones tradicionales servían a Dios.

La cuestión es que es imposible creer que la humanidad es Dios, igual que es imposible (como propuso Hegel) creer que Dios era el Estado alemán.

Para creer en Dios es necesario entenderlo como mucho más grande, no ya que la humanidad, sino que el propio universo creado por Él y, también, verlo como Ser dotado de las cualidades necesarias para generar un universo en el que el sistema de la vida pueda existir.

No se puede entender a la humanidad como lo primero, como lo más grande, como algo segregado del propio universo, ni mucho menos como algo dotado de unas cualidades dignas de adoración. En todo caso, se puede servir a la humanidad desde los principios de una religión tradicional, pero no como sustituta de Dios.

De entenderse como sustituta, entraríamos en un narcisismo de especie que solo serviría como terreno abonado para el cultivo de la malignidad del poder.

Por otro lado, el reconocimiento evidente de que las capacidades humanas son muy superiores a las del resto de especies, puede ser empleado como una identidad genérica de la que todos los integrantes pueden alardear, e incluso, sentirse más importantes por su mera pertenencia a la Humanidad aunque muchos contribuyan poco o nada con sus destrezas intelectuales. El gregarismo debido a esa identidad específica se está disparando mediante la ideología actual, lo cual favorece la disolución del individuo en la masa de modo que puede hacerle más feliz, pero eso no puede entenderse como modo de trascendencia sino como alivio de la intrascendencia debida a las propias carencias.

Por lo tanto, la religión de la humanidad en ningún caso puede ser una doctrina que favorezca el desarrollo de la realidad en mayor medida que una religión tradicional.

Ahora bien, el papel de la moral, que fundamenta la autonomía personal, es muy diferente al que tienen las éticas sociales que establecen normativas que subordinan al individuo a la sociedad. Hay todo tipo de sociedades y de circunstancias sociales que deben ser analizadas antes de adoptar actitudes como es la de ponerse a su servicio. Eso no debe ser un automatismo sino una disposición adoptada por la persona con autonomía moral.

En cuanto al otro lado de las relaciones que pretende establecer el poder, en las que una persona trata de ser conquistada, sometida, esclavizada, utilizada, engañada, o perjudicada ontológicamente, son pocas las personas que tienen conciencia del importante papel que pueden tener el conocimiento y la moral para defenderse de él y, también, del enorme daño que pueden recibir por no funcionar conforme a ellos. Las personas que se corrompen por actuar en su supuesto beneficio inducidas por el poder, lo primero que pierden es su propia autonomía y caen en situaciones de dependencia por las que quedan a merced de quienes esperaban obtener beneficios.

A menudo se ha sostenido que la educación moral se hace con la mala intención de privar de libertad a las personas, generarles actitudes de sumisión y obediencia, o tenerlas controladas para que, quienes detenten el poder, tengan mayores beneficios o más facilidades para ejercerlo.

Sin embargo, en el caso de que la educación promueva ese tipo de hetero-gobierno, no se está ante una educación moral propiamente dicha, sino ante una pseudo-moral que, efectivamente, es dañina para la persona que la aprende.

La persona moral no sirve a otras personas, ni se somete a ellas. Muy al contrario, sirve a unos principios reales de donde se derivan sus relaciones interpersonales y, de ahí, lo que hace o no hace con respecto a las demás.

En la actualidad nuestra civilización se encuentra en una crisis gravísima que, no solo es causada por las élites que aspiran a generar un nuevo mundo demoliendo el anterior, sino porque la población, tras haber sido moldeada y acostumbrada a depender de grupos de poder que han sustituido a Dios, y haber abandonado los principios reales que componen la moral, se encuentra tan debilitada que parece incapaz de oponerse al golpe de gracia final que culminará en su transmutación hacia modos de vida privados de ser.

La humanidad ha degenerado hasta parecerse a un adolescente desorientado y gregario teledirigido por una élite manipuladora, que le seduce con mensajes que le inyectan soberbia, narcisismo y derechos, lo que a su vez, se convierte en un serio obstáculo para su propia realización.

[i] GARCÍA MORENTE, MANUEL; Ensayos sobre el progreso; Encuentro; Madrid, 2011

[ii] STUART MILL, JOHN; La utilidad de la religión; prólogo, traducción del original en inglés de 1874 y notas, de Carlos Mellizo; Alianza Editorial; Madrid, 2008

 

17 Comments
  • Francisco Lozano on 10/07/2021

    Qué artículo tan bueno lleno de conocimiento histórico/psicológico, social, evolutivo has explicado algo muy importante y para mí muy duro, como ha ido evolucionando y transformando el ser humano, el mundo, hasta llegar al momento actual que va destruyendo al ser humano. Intuyo algo muy negativo. Gracias Carlos

  • Jesús Domínguez on 11/07/2021

    Hola Carlos. Una vez más, muchas gracias por tu nuevo artículo que nos lleva a la reflexión sobre el tema que estas tratando. Estoy totalmente de acuerdo en que nuestra sociedad está sumida en una grave crisis, por esa ambición de poder sobre terceros que lleva a graves problemas de Irrealidad, baja autoestima, hetero fundamentaciones y a la destrucción, en definitiva, de los Seres Reales. Lo que buscan es la pérdida de los valores Reales como el Bien, la Verdad y la Belleza. Personas como tú, nos han enseñado la Verdad que es la Realidad, a conocerla y fundamentarnos en ella por lo que yo personalmente te estoy tremendamente agradecido. Gracias Carlos, sinceramente, por tus enseñanzas tan valiosas. Un abrazo.

    • Carlos J. García on 21/07/2021

      Gracias a ti por poner tanto de tu parte en extraer de los artículos los aspectos fundamentales que pueden servirte de ayuda.
      Otro abrazo para ti.

  • Sergio on 15/07/2021

    Hola Carlos.

    Dejo unas palabras para poder reflexionar y aportar algo a este tema tan interesante.

    Si he entendido bien, planteas la existencia humana, al igual que los demás seres en la realidad, como una estructura jerárquica. Por encima estaría Dios (padre), el origen de todo, aquello, a lo que hay que estar conectado o en unión desde una visión por una parte de agradecimiento y por otra de respeto, que en ciertos momentos ha sido en esas sociedades anteriores incluso de temor. Un temor que viene por la creencia de daño si uno se sale de esa unión, si no respeta o sigue la “ley divina”. Me viene la idea de la visión tan distinta que se ha tenido sobre el cosmos en las sociedades religiosas, en donde se concebía su inmensidad y el ser humano como algo insignificante. Algo que se podía sentir y recordar con solo mirar al cielo en una noche estrellada. Ahora la visión es de “conquista” al cielo con esos viajes lunares y a Marte, y en nuestra ficción humana, de “La guerra de las galaxias”, como si en algún momento se va a poder conquistar ese universo. Ahora lo que se quiere es demostrar el poder humano, sin querer sentirse pequeño en esa inmensidad.

    Por debajo, en esa estructura jerárquica, estarían los hijos o la descendencia en general, aquello que trasciende y que tendrá una continuidad de lo que somos. Para esa trascendencia, lo principal sería la actitud generosa de legar lo más valioso de uno, en lo ontológico y quizás también en lo material. Esa será la forma de estar conectado o en unión con la descendencia, desde la generosidad.

    Se me ocurre, que hacia ambas entidades, hacia arriba o hacia abajo. es necesario tener una actitud de servir (a la realidad), de ponerse a disposición de aquello que está fuera de uno mismo. Y es quizás lo que nuestra sociedad huye. Si se está a disposición de algo externo, ya no se ejerce poder sobre el otro.

    Por lo que decías, esta sociedad que estamos viviendo es como un adolescente que reniega de ese Dios-padre, mucho más ahora con ese rechazo a todo lo que tenga que ver con “padre”, pero reniega también de descendencia, de “sacrificarse” poniéndose a disposición de una nueva existencia. Esta sociedad es como un adolescente que se está mirando constantemente el ombligo sin ver más allá, sin plantearse ni lo que hay por arriba ni por debajo , pero tampoco a los lados. No mira a otras sociedades, tanto las que coexisten en la actualidad como las que nos han precedido, incluso se reniega o desprecia todo lo antiguo, tachándolas de racistas o machistas, y todos los «ismos» que se han generado para menospreciar todo lo que nos ha precedido (que es más real). Una sociedad adolescente que se ha rebelado contra la entidad Dios-padre, y contra todo lo que se supone autoridad y que no se plantea más allá de ella misma, no se plantea esa trascendencia, sino solo el vivir el aquí y el ahora. Estando muy preocupado por la imagen que vean los demás y sobre la influencia que pueda tener esa imagen, con el gran poder de las redes sociales.

    Todo esto me recuerda a los constructos que planteó el David Elkind desde la teoría Piagetiana cuando se refería a la etapa adolescente, en dos temas que expresaban el egocentrismo propio de esta edad: La “audiencia imaginaria”, como el pensamiento de que su entorno y la sociedad en general están observándole constantemente, siendo esto lo más importante para ese adolescente. Y la “fábula personal” como si no hubiera otro igual en este mundo, y que nadie ha pasado por lo que está viviendo, como si estuviera solo ante todo lo que le ocurre y además viéndose lo más importante y único. Creo que esta sociedad tiene mucho de audiencia imaginaria y de fábula personal.

    Como decía, muy interesante, ya que el tema es el sentido de la vida misma y que en estos momentos cada vez más carece de sentido para muchas personas. La cuestión es, si en esa búsqueda de sentido por quienes no son anti-reales, se podrá volver a esa visión jerárquica y de conexión o unión con algo más que con nosotros mismos. Yo sí que tengo la esperanza o por lo menos quiero albergarla, porque se está tirando tanto de la cuerda que en algún momento se puede romper y alejarse de ese sin sentido que las estructuras de poder (incluidas las redes sociales) están ejerciendo.

    Un abrazo.
    Sergio

    • Carlos J. García on 21/07/2021

      En líneas generales estoy de acuerdo con tu comentario, si bien, deseo acentuar la perspectiva histórica para aclarar algo más el componente principal del artículo.
      Las revoluciones sociopolíticas, no son naturales ni espontáneas sino causadas por quienes pretenden sustituir a las élites que están gobernando la sociedad en un momento dado, lo cual implica romper la estructura de causas del orden presente en una etapa para iniciar un nuevo orden social.
      Occidente acumula una secuencia de revoluciones muy violentas por las que, los sucesivos órdenes sociales, han ido sustituyendo a todos los anteriores y enterrando cada vez más profundamente los cimientos de la cultura religiosa existente en la Baja Edad Media.
      Revoluciones sobre revoluciones cada vez más absurdas que van devastando cualquier tronco estructural que sea antecedente necesario para modos humanos de ser adultos, fuertes y con capacidad de adoptar formas de coexistencia escasamente destructivas.
      El ecosistema que forman las especies vegetales y animales se funda en el código genético de la primera célula y cualquier transformación, evolución y desarrollo de las especies tiene la limitación de esa estructura original de la vida.
      Todas las formas de vida están permitidas siempre y cuando no resulten en la rotura del ecosistema universal. Dichos en otros términos, las especies llevan inscrito en sus genes un código de coexistencia que limita sus respectivas conductas.
      La gran diferencia del ser humano, con el resto de especies, consiste en que su conducta está muy poco delimitada por sus genes y, por el contrario, está abierta a múltiples formas de acción, pensamiento, comportamiento, etc., susceptibles de dañar, no solo el ecosistema sino, también, de destruir su propio bagaje cultural de regulaciones interpersonales y sociales que hayan funcionado de forma eficiente para la conservación de la especie integrada en el sistema general de la vida.
      A falta de una limitación genética e instintiva de nuestra conducta que actúe sólidamente a favor de la coexistencia entre nosotros y con el mundo que nos rodea, nuestros antepasados descubrieron o inventaron (para el caso es parecido) sistemas de creencias acerca del mundo, de la vida y del propio hombre que fueron ampliándose por medio de la transmisión de los mismos a las nuevas generaciones, y vinculados a éstos teóricos, que ofrecían una perspectiva de visión del conjunto y del propio hombre, otros sistemas de creencias prácticos que ponían límites a la destructividad, lo cual creo que puede identificarse con el sistema moral tradicional.
      No obstante, todo se ha ido desdibujando y malinterpretando mediante la cadena de revoluciones ocurridas desde el siglo XVI.
      Por ejemplo, la noción de “pecado” que originalmente se entendía como cualquier acción que hiciera daño a la propia persona que la efectuara y, adicionalmente, en ciertos casos, a otras personas, se fue confundiendo como una acción contra preceptos religiosos, lo cual, una vez iniciado el proceso irreligioso, pasó a considerarse como una simple invención religiosa para aterrorizar a la gente, y, por tanto, descalificada.
      Con la modernidad las leyes empezaron a hacerse de forma “positiva”, de espaldas a su fundamento natural y moral, lo cual, en este caso, sí las convertía en invenciones discrecionales e, incluso, en muchos casos arbitrarias.
      Obviamente, dicha revolución aportó a las élites sociales y políticas un instrumento muy potente para hacer su voluntad y, sirviéndose de ellas, llevar a las poblaciones a estados de enajenación cada vez más intensos.

      Muchas gracias por tu comentario.

  • Nacho on 23/07/2021

    Hola Carlos. Estoy plenamente de acuerdo con el artículo original y por eso no hice comentarios. Respecto de esta contestación un par de precisiones: no es que “las especies lleven inscrito en sus genes un código de coexistencia” como si fuera una condición previa moral; más bien es que sin ella, es imposible la existencia de ningún individuo. De ahí que nuevos seres con serias mutaciones que impidan esa coexistencia perezcan rápidamente. Además, el ser humano no es una excepción en términos físicos. Pero las sociedades modernas crean estrategias de existencia completamente desvinculadas de la relación directa individuo-naturaleza y cuando, como ahora, también están desvinculadas de la realidad, por los motivos que brillantemente citas, la conducta se desvincula de ella y por tanto de la razón.

    Yo diría que hay tres pilares en los que una persona puede apoyar su existencia: ella misma, Dios, y «los otros» (familia y resto). Normalmente nos apoyamos en dos o en las tres, pero una siempre predomina. Sin duda apoyarse en uno mismo (y por tanto en la realidad, como extensión de la realidad del propio ser) es lo esencial, pero no cabe duda que esto, que exige para que emerja de un entorno formativo racional y respetuoso, brilla hoy mayoritariamente por su ausencia. Así pues, queda Dios y lo social. El protestantismo pintó a un Dios irresponsable abonando el campo para que desde la Revolución Francesa la idea de Dios pereciera. Así que solo quedan “los otros”. Dentro de éste último, se están rompiendo los vínculos del individuo con la familia y con la propia cultura (costumbres e instituciones), por lo que ya solo quedaría «la sociedad mundial» como fundamento existencial. Y esto significa renunciar al propio criterio, a los valores y moral culturales, a los vínculos estrechos familiares y por supuesto a Dios. Con esta desvinculación casi total de la realidad, el individuo ya es totalmente sociodependiente y por tanto manipulable, pues de ello, y solo ya de ello, dependería su existencia.

    Un abrazo, gracias por tus artículos y que tengas un feliz verano.

    • Carlos J. García on 18/11/2021

      En cuanto al tema evolutivo, la ortodoxia darwinista que postula mutaciones genéticas al puro azar (ensayo) cuyo futuro depende de un mecanismo de acierto y error, en relación con la supervivencia y la extinción, me parece errónea, sobre todo, por imposible.
      Los cambios evolutivos de las especies que mejoren la reproducción y la supervivencia de la especie no pueden depender del puro azar (término que, por definición, no especifica causa alguna, sino la ignorancia de la causa).
      ¿Qué probabilidad tiene de ocurrir una mutación al azar (ciega o no sujeta a limitaciones del conjunto del código genético de la especie) de ser evolutivamente favorable? Y, ¿cuál es la probabilidad de que resulte desfavorable?
      La primera nos dará una cifra finita. La segunda, una infinita. Por lo tanto, la probabilidad sería nula.
      Imagina que una lagartija muta de forma que su cola sea 100 (o 10, o 1.000, etc.) veces mayor que la que tiene, o que sus ojos cambian de posición de forma que resulte imposible su visión, etc. En todos los casos su vida y su reproducción serían imposibles.
      Esto no se puede resolver por el hecho de que haya muchas lagartijas. Simplemente tendríamos un número enorme de restos fósiles de cadáveres de lagartijas. Igual pasaría con cualquier otra especie, incluyendo la nuestra.
      En mi opinión, los cambios genéticos han de ser congruentes con el código original que hace posible la vida, tanto para cada especie, como para la vida general. Ese código original permite cambios genéticos siempre que cumplan la función elemental de conservación de la vida y, si mejoran la reproducción, entonces se propagan en la especie.
      Por supuesto, hay accidentes, trastornos o enfermedades genéticas, dado que estos procesos son complejísimos, pero su frecuencia es muy baja.
      En cuanto al resto de temas de tu comentario estoy totalmente de acuerdo.
      Disculpa el retraso en la respuesta a tu comentario.
      Muchas gracias y un abrazo.

      • Nacho on 19/11/2021

        Pues ha merecido esperar porque tu contestación es excelente. De acuerdo en lo que dices. Pero es que ya estábamos casi de acuerdo. Sólo decía que más que una razón moral previa de coexistencia, la evolución necesariamente se dirige hacia arriba porque se apoya en la estructura previa existente. Cuando una estructura ya funciona, la naturaleza la preserva como cimiento de posteriores evoluciones dirigidas a una mayor resiliencia de las especies.
        Yo tampoco creo en la evolución guiada por azar. Creo que en ella intervienen elementos del universo completo al que pertenecemos y que de momento estan por descubrir.
        Pero la ciencia está haciendo progresos al respecto, especialmente haciendo intervenir el concepto de información, que ya sobradamente conoces.
        Gracias por la respuesta

  • Ignacio on 24/07/2021

    Me parece muy bueno el comentario de Nacho diciendo que sólo se puede confiar en la misma persona, en dios y en los otros (cosa complicada esta última, ya que en la mayoría de ocasiones «los otros» recuerdan más a una película de terror que a amigos de verdad).
    Nada más apuntar que a mi quizás lo que más me sorprende de el momento histórico en que nos encontramos, es la total ruptura con la transmisión cultural que se ha dado desde que el hombre es hombre. Hasta el siglo XX los conocimientos sobre la huerta, la forma de hablar, la manera de relacionarse con el entorno, la religión, la transmisión cultural, cómo subsistir… y en definitiva toda la epistemología que trata de todo lo concerniente al ser humano, han sido eliminados.
    Se sustituye toda transmisión humana (que data desde tiempos inmemorables), todo el acervo cultural de los diferentes pueblos, por aquello que nos enseñan las pantallas (las cuales no tienen vida propia, si no que vienen programadas con las ideas de alguien o algo). El cambio socio-cultural que se ha dado en el siglo XX (para mi quizá el más nefasto en la historia de la humanidad), es el de romper con toda la sabiduría acumulada durante todo lo sucedido en la historia de la humanidad.
    Es decir, todo lo que ha conocido y reflexionado el ser humano desde que el hombre es hombre, de repente no vale nada, y dicen algunas mentes (encantadas de haberse conocido a sí mismas), que la humanidad tiene que ser como ellas digan.
    Se sustituye el acervo cultural de la humanidad, por algo que afirma el ideólogo de turno que posee, lógicamente, unos medios de posesión-comunicación, bastante cercanos a su vanidad. Vanidad la cual le ha hecho ser una persona encantada de haberse conocido a sí mismo.
    Disfruta de este verano tan fresco.

    • Carlos J. García on 18/11/2021

      Es obvio que la rotura de la transmisión cultural se produce fomentando la negativa de niños y jóvenes a aceptar la autoridad de los padres, abuelos, etc. Lo de poner a los hijos contra los padres como estrategia de ruptura social ya estaba escrito desde la antigüedad (incluso aparece en el Antiguo Testamento).
      En este caso, se han sacado de la manga la propagación de un paido-centrismo que, no solo es un fraude a la infancia sino, también, una aberración cultural, racional y doctrinal.
      Disculpa el retraso en la respuesta a tu comentario.

  • Leo Grebot on 27/07/2021

    Desde mi punto de vista el origen del problema es que las religiones nos proponen una versión incompleta de Dios que nos lleva a vivir sin respetar los ciclos naturales cuando lo primero que estás deberían hacer es enseñarnos a vivir en armonía con la creación al ser está su gran obra

    • Ignaciobm on 13/08/2021

      A mi me parece que el cristianismo da una perspectiva bastante clara de lo que Dios pretende para el ser humano, que es algo parecido a su imagen y semejanza.
      Además, está claro que es responsabilidad de las personas buscar respuestas sobre lo que concierne a su propio ser y a su existenca.No todo puede venirnos dado.

    • Carlos J. García on 18/11/2021

      En mi opinión una de las religiones cuya doctrina más ha conectado con la naturaleza humana es el cristianismo original y, más concretamente, en su versión católica.
      Disculpa el retraso en la respuesta a tu comentario.
      Muchas gracias.

  • Celia Perez on 26/08/2021

    Interesantísima como siempre tu reflexión Carlos. Continuando con los comentarios anteriores, debería hacerse una distinción de tipos de religiones. Y si nos decantamos por la cristiana, todavía más, ya que las derivas protestantes han causado, y siguen causando, un enorme daño a la humanidad, y, sin embargo, strictu sensu, todas tienen un fuerte contenido moral. Y, lamentablemente, la propia católica no ha sabido explicar y difundir ni siquiera los imprescindibles principios tomistas. Creo que hay algo más profundo en la tradición previa a la revolución anglo-francesa, de la que aún existen ciertas trazas, que lleva a respetar al ser humano, a la naturaleza, a la realidad en definitiva como valores fundamentales que facilitan y ennoblecen la existencia. Esto se puede ver en el documental denominado «Mi amor», un título que se puede tildar de cursi, pero cuyo contenido mayoritario es muy elocuente al mostrar a parejas, todas sobrepasando los 70 años, procedentes de países distintos, cómo se enfrentaban a la realidad y cómo se atienen a ella sin quejas, alaracas, derechos, reproches…Eso es saber vivir bien. Un abrazo,

    • Carlos J. García on 18/11/2021

      Estoy plenamente de acuerdo en que hay que diferenciar entre religiones y en tu análisis de la cristiana pre-revolucionaria en comparación con las protestantes que resultaron de la revolución política que las impulsó.
      Por otro lado, en referencia a la falta de eficacia pedagógica del catolicismo, se ha llegado a un auténtico vacío metafísico/ religioso, y a una superficialidad por los que, es muy difícil encontrar cualquier parecido con el soporte que se encuentra en los teólogos católicos de las edades Antigua y Media.
      Disculpa el retraso en la respuesta a tu comentario.
      Muchas gracias y un abrazo